lunes, 12 de marzo de 2007

Cuando vives en un pueblo, tus esperanzas y ansias de vida se ven mediadas por el medio que te rodea. O eso era lo que pensaba. A sus 7 años, ya no se sentía normal, no era como los demás. Los chicos le señalaban y le convertían en blanco fácil de sus burlas, las niñas, lo adoraban. Unas le criticaban por exceso de feminidad, otras, simplemente jugaban con él. Como uno más. Un niño que simplemente quería conocer gente, nada más. En la adolescencia, cuando todos estaban pendientes de las faldas y aquellas camisetas que dejaban muy poco para la imaginación, descubrió a Truman Capote y su "Sangre Fría", a un jovencito madrileño llamado Pedro Almodóvar qué comenzaba a despuntar en el cine español y que conseguía que él se viera como uno de esos hombres incomprendidos o mujeres heroínas de aquellas películas tan coloristas. Pero vivía en un pueblo. No era él, si no la imagen que los demás veían.

Su madre, sólo tenía ojos para é y siempre le decía "no te preocupes si te quedas solo, en casa de tu madre siempre tendrás un sitio...", no era que fuera a estar solo, si no que no podía estar con quién quería. Cosas diferentes. Lo que comenzó siendo un pequeño aviso, poco a poco, se convirtió en un sentimiento, un deseo. No era normal, o eso le hacía creer el mundo que le rodeaba. No deseaba los senos de una mujer, ni siquiera su siqué. Pedía los brazos de un hombre, el cariño más necesitado era el más prohibido. Le daba igual la edad, era lo que sentía. Así fue su primer contacto, en un principio se habló de dinero pero él buscaba amor, amor que se desvaneció a los diez minutos de empezar.

Los secretos lo son porque no pueden ser contados. Y en un lugar tan pequeño, éstos, son a voces. Alejarse de dónde se había críado, dónde había crecido. De aquel cine al aire libre donde comenzó a tocarse viendo películas de Marlon Brando, de aquellos parques donde miraba con disimulo a algún chico foráneo, de su madre, a quién no podía defraudar porque la llevaría a la tumba, y ahora más, ya que su padre había fallecido. Renunciar a una vida a cambio de mantener otra. No había más solución que aquella de la clandestinidad bien construída. Aún recordaba aquel maldito día, en el que dejó escapar su único amor por la cobardía de no decir "te quiero" y la impotencia de no gritar "me voy". Ahora, de vez en cuando, bajo la excusa de un cine, o una cena, tomaba su copa en aquel "antro de maricones" como era conocido en la ciudad, esperando el roce, ya no amoroso, si no un simple roce.

Quizás, a sus 40 y tantos, ya había llegado el momento del desapego, de intentar recuperar un poco de la vida que se le había escapado en aquel vil pueblo, en las faldas de una madre cariñosa como pocas y necesitada como tantas. Era el momento de vivir su vida, no la de los demás, ni la del que dirán. Esa no era suya, no era aquella persona, ni siquiera la quería, la detestaba, la odiaba, pero era un ejemplo, era "el hijo de...". Quizás era el momento de acabar con todo eso y sentir la libertad que nunca había tenido.
En aquel salón marcado por los primeros rayos del estío, susurró: " Mama... mañana al cementerio, como siempre, ¿no?..."

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