El derecho a vivir no da el derecho a morir, pero hay veces, en los que la propia vida ya es la muerte. ¿Quién puede juzgar eso? Nadie al margen de la propia persona es quién de emitir un juicio de valor tal. No se pude relativizar la vida humana. La vida, es vida, aquí y en cualquier parte del mundo. Lo que no vive es inerte, está muerto o muere, es una verdad universal e inmutable.
La Constitución española recoge el derecho a una vida digna, ¿que ocurre cuando dicha vida no conlleva más que sufrimiento? Habrá quién diga que millones de niños mueren de hambre, o guerreros de causas cruentas e incomprensibles, pero eso es un problema del sistema, de la sinergia del capitalismo. Cuando el hombre no es hombre si no un instrumento para, deja de poseer la libertad de, la historia cambia. Se habla de eutanasia, y la Iglesia rasga vestiduras, ya no nos sorprendemos de una institución que lleva pidiendo perdón por las Cruzadas, la exterminación de América, los martirios, la inquisición... y que acumula tanta riqueza que con un 1% de los ingresos de la banca vaticana, comería el tercer mundo durante un mes. La derecha protesta como adalid de la vida, y lobbys de dudosos intereses apoyan tal medida.
Hay una frase que todo el mundo se pasa por el alto, que no es otra que esa qué dice "... en el goce perfecto de sus condiciones mentales..." La vida nos es dada azarosamente, a expensas de un capricho primario de dos congéneres, ahora bien ¿hasta que punto podemos administrarla atentando contra ella? Un suicidia, es una cosa, un enfermo es otra. Habrá quien manipule y diga que aprobando la eutanasia miles de enfermos acudirán a ella, como si fuera el abrigo de los débiles (también pensado del suicidio, ¿acaso no es valiente suicidarse?). Una cosa es no tener esperanza de curación - enfermedades terminales - y querer aprovechar la vida que queda, y otra bien distinta, es nisiquiera poder tener vida.
Ramón Sampedro lo demostró, Inmaculada Echeverría salta a la palestra mediática con su caso; desde los once años diagnosticada con una distrofia muscular degenerativa, a los 27 muere su marido, da a su hijo en adopción y está treinta años postrada en una cama, sólo pudiendo mover la cabeza en ángulos de 45º y conectada a un respirador que le permite "gozar" de la vida. Si estar postrado en una cama 30 años, conectado a un respirador (con lo cual, ya no te vales por ti mismo, si no que dependes de una máquina para tu subsistencia, ergo si no hay máquina...) con ayudas para cualquier acción humana normal ¿se corresponde con el concepto dignidad? ¿hasta que punto una persona es persona si depende de una máquina?. Realmente, no tendría que existir debate. Pero somos puristas, demagogos hasta la muerte, no queremos ver lo evidente hasta que no nos toca de cerca.
Habrá quién diga que tiene a su cuidado a una persona postrada en una cama, sin expresión, sin sensación, sin nada pero que " a su manera, da cariño" ¿que manera? Que clase de egoísmo legitima mantener el sufrimiento de una persona que ha pasado a convertirse en un simple recipiente de sentimientos ajenos. Porque es eso, egoísmo. Lloramos que la persona no está para nosotros, no que ella haya muerto, si no que murió para nosotros. A partir de esto, es lógico la discusión de la eutanasia. Que analizada a palabra; tanatos=morte, eu = dulce, buena (prefijo). Pero hay que negar la evidencia, lo que dios une que no lo separa el hombre jamás, y ahí tenemos los malos tratos silenciados en años de miedo. Los curas no se casan y ahí tenemos los abusos que cometen con la infancia. La prostitución ofende a la mujer pero nadie se queja de la trata de blancas. El botellón y nadie habla que el alcohol ha ejercido una pauta socializadora en los últimos tres siglos. Ya no es buscar la solución, la explicación, o siquiera esa comprensión empática tan necesaria en nuestros tiempos, simplemente, se trata de confundir, desvíar la atención, ocultar, mentir, mentir, mentir...
jueves, 15 de marzo de 2007
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