viernes, 20 de abril de 2007
Allí estaba sentado, en frente a esa pantalla fría, apática sin intensidad o pasión alguna. Allí, en su silla, uno de esos modelos de oficina diseñado ergonómicamente de espaldo reclinable y comodidad relativa. Allí sin más sonido que aquel viejo disco fluían sus pensamientos de uno a otro lado. La soledad es un sentimiento extraño, porque bebe de los recuerdos de épocas mejores, o lejanas o puede que hasta distintas. Sacude con brusquedad lo que era una sonrisa para convertirla en una lágrima. No tenía ganas de escribir pero se movía a impulsos. Solo. Solo. Solo. Incesantemente se lo repetía. Brotaba odio donde antes había esperanza. ¿Realmente hizo algo mal? Sí, ser él mismo. Amarrado a sus principios era un condenado que vagaba sin pena ni gloria por las calles de la ciudad. No podía gritar y pedir socorro porque pensaba que quien le quisiera no haría falta decirle nada. No podía discutir y decir lo que pensaba, porque se sentía como la parte más minúscula de este mundo. Pero lo peor era esa sensación de tristeza, pesada, lúgubre, como si ya no hubiera luz alguna. Como si hubiera perdido miles de cosas. Se sentía solo, y sentía que no le importaba a nadie, que era prescindible. ¿Era egoísmo? ¿Le habría impregnado? Solo. Y lo gritaba por dentro, y se sentía más solo. Sin nadie. Llamadas no cogidas. Sensaciones de rechazo, puede que fingidas, pero sensaciones al fin y al cabo. Y ni siquiera quería escribir. Allí estuvo sentado...
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