sábado, 21 de abril de 2007

Las cosas como son. ¿Y como son las cosas?. Sencillas. Uno se sienta a ver el telediario y no puede evitar que se le remueva todo el cuerpo, malos tratos, guerras, hambres... No hay nada que no aflore a los ojos del espectador y no le haga sentirse minúsculo. Me gustaría hablar de un tema concreto, los llamados abusos escolares. La involución de la raza humana, la destrucción que merecemos hace gala en este tipo de comportamientos. Esas pandillas hitlerianas de niños (también niñas, pero es por reducir) que deciden quién merece vivir con miedo y tensión y quién se libra. Son sádicos que necesitan un objeto al que castigar para ellos sentirse bien, porque sin ese objeto están incompletos, son infelices. Esos, a esos, habría que callarlos. Y a sus papás, también. Me cuentan que por mi barrio hay un hombre que es músico, todo paz y tranquilidad, que por un erro médico tiene cefaleas permanentes. Este hombre no hay día que no le vea paseando con su hijo, de unos 12 años, llevándole la mochila mientras el niño le mira y le cuenta un sinfín de cosas. El padre, con ese aire cansino y tranquilo, le escucha y sonríe. Y el niño se vuelve loco a su lado. De aquí un tiempo, el niño ya no ríe. Tiene miedo, huye con la mirada. Se esconde, busca refugio.

Resulta que en el instituo lo tienen atemorizado, le esperan a la salida, le machacan, le insultan, le pegan, le amenazan... Cada día en el colegio es un martirio. Y nos olvidamos que es un niño, que está aprendiendo, que a esos años no se vive con miedo, aún no. El padre, desesperado, no sabe que hacer. Habla con el director, y éste le dice que no puede hacer nada. Tiene una reunión con los padres y unos no van porque tienen cosas que hacer, otros no se creen lo que les dice, y sólo uno entona el mea culpa. La policía, oídos sordos, ocupada en algo que nadie sabe que es. Y el niño sigue perdiendo vitalidad, se desvanece. Su padre, con lágrimas en los ojos jura y perjura que antes de que su chaval se muera en vida, se lleva a alguién por delante... Y se lo doy por bien hecho. Pero que empiece por los papás. Si. Si no puedes educar a un hijo, no lo tengas. Si cres que educar es dar todo lo que el niño quiera, dejarle hacer y deshacer, que él marque sus propias reglas, que sea un sujeto de libertades cuando coacciona la de los demás y ni siquiera sabe su significado, si sólo vives para tener ¿que mereces? Nada. Si es sólo tu vida, adelante. Pero cuando depende otra de tus decisiones, actitudes y acciones, amigo, ahí, piénsalo dos veces. Si aún pensándolo, lo haces. Estás sentenciado.

El hijo de este hombre tiene miedo, no habla y la sonrisa se le ha borrado. Mientras, otros se ríen a costa de eso ¿que merecen? Sí, lo que estás pensando. Pero esta sociedad es así. Hay gentuza, porque no tiene otro nombre, que se jacta de tener puteado, maltratado y echo imposible la vida a compañeros de clase. Abría que mirar donde están unos y donde otros, curiosamente, los primeros siempre son desechos sociales, justicia poética, o egoístas sin felicidad ni alegría que les baste. "Siempre lo hubo..." ¿Y? También la mujer no pudo votar, el negro no podía hablar, y el homosexual se tuvo que esconder. La niñez es un tesoro. Es el refugio de la inocencia. Aprendes poco a poco, lo de a golpes, es cuándo eres más adulto. Si no, es correr, jugar, reír, descubrir pequeñas cosas que son enormes. Y si alguién se cree con el derecho de estropearlo porque se piensa adulto ¿desde cuando los adultos resuelven las cosas intimidando y agrediendo? Esos son los adultos de este sistema. Y esos merecen la muerte, pero no la vital, si no la social. Verse apartados de todo esto, olvidados, vilipendiados. Ellos son los pariahs. Los que merecen ser expulsados y recluídos en su mundo de incomprensión, y dejar que los demás vivamos tranquilamente. Sus hijitos, también. Pequeños monstruos consumistas creados al antojo de sus progenitores. Si el niño es un reflejo de su hogar familiar, y el niño sólo sabe insultar, reírse de todo, pegar y amedrentar, ergo...

Todo eso sobra, no lo queremos. No hay perdón, ni redención. ¿Porqué?Porque el hijo de este hombre lleva grabado a fuego ver a su padre desvivirse por él para protegerle, la sensación de miedo y crueldad que la palabra colegio desata en su interior. Lleva grabado que son los fuertes los que mandan aunque no tengan razón. Lleva grabado el odio y el dolor. Es una víctima. Pero es que el agresor no se reconoce como tal. Me pongo en el lugar de ese hombre, y si tuviera un hijo que cada día que llegara de clase lo hiciera llorando, que a la mañana siguiente inventara excusas para no ir al colegio, que cada día apareciera con un moratón diferente y más grande. Si lo tuviera, no descansaría. No iría a por los niñines, no. Si no a por sus padres. Juraría ante Dios o lo que fuera, que no descansaría hasta que mi hijo recuperara la sonrisa y se olvidara de todo. Juraría por Dios que esos monstruos no es que fueran a vivir con miedo, si no que el simple echo de despertarse cada día fuera una pesadilla. No me escaparía ¿porqué? Porque tendría la razón de mi lado, esa que dice que el ser humano colabora para evolucionar, que no se ataca si no que se ayuda para sobrevivir y superarse poco a poco. Que no compite si no que colabora. Que no mata o tortura a sus iguales, porque siendo animales, en ese reino, eso no sucede. Conservación y evolución ¿dónde está todo eso en estas líneas? No aparece. Y mientras tanto, paseo por mi barrio, y veo a ese padre y a ese hijo caminando de la mano. Ahora, la mochila pesa una tonelada de tristeza y miedo, y el padre la sigue llevando a la espalda. Mientras, su hijo, le coge firmemente la mano, el miedo huye temeroso y una sonrisa aflora, por lo menos hasta las nueve de la mañana del día siguiente. A su padre, sin que nadie lo vea, le cae una lágrima, ya no de dolor, si no de impotencia...
A Santi

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