sábado, 5 de mayo de 2007

Decidí darle una oportunidad al cine actual que tanto dinero amasa. La escogida, casualmente, fue King Kong de Peter Jackson. Creo que si digo patético, me quedo corto. Ridículo, vergonzoso, pueden ser adjetivos que también califiquen a esta suerte de pastiche cinematográfico de efectos especiales y nulidad narrativa. El asunto, es que la película trata de ser un homenaje a la original, filmada en 1933 por Merian Cooper y Ernest Schoedast, y se queda en eso, puro artificio. Los actores, mejor no mencionarlos ¿adrian brody? Una pena que desde el Pianista se arrastre por la cartelera, de Jack Black ya no hablo, y Naomi Watts no sé en que pensaba al aceptar el papel.

Total, que Jackson apoyado en millones de freakys se ríe del cine, su historia y todo lo que se ponga por delante. Dinosaurios de Spielberg, babosas dignas de "Chronos", una acción enlatada y estúpida jalonan esta suerte de película. El final, por lo menos, no cambia. El problema es que para las hordas que acuden a las salas de cine, ésta es la única versión de Kong, sí, saben que existe una pero ¿para que verla si los efectos especiales son malos y es en blanco y negro? Gran argumento. El asunto es que los efectos especiales que supusieron cerca del 70% del presupuesto, en 1933 eran irisorrios. En la original, los monstruos no eran más que "stopmotions" de dibujos de Charles Knight, ideados por Willis O´Brien (maestro de Ray Harryhausen encargado de las animaciones de la Hammer británica...) que hacían las delicias de los espectadores. Evidentemente, la original es deudora de la época en que nace, precedida por el crack del 29 y todo lo que eso supuso para la sociedad americana, y civil en general.

King Kong de 1933 es entrañable, con esas imágenes antiguas y desfasadas que siguen transmitiendo la pureza del séptimo arte (pese a quién le pese). Pero nosotros, seres postmodernos estamos acostumbrados al estilo, a vender imágene, no contenido. La innovación viene de lo visual, de lo conceptual, de todas esas innovaciones intelectuales que no hacen más que acrecentar la nulidad creativa del siglo XXI. Ahora bien, la posibilidad de lucro en torno a estas realidades es infinita, y como hay gente que vive de ello, pues eso, a respetarlo y aceptarlo.
Pues no. Tener más posibilidades no significa un mayor ejercicio de efectismo y explosiones mentales. Ya cansa la actualidad y sus estupideces iconográficas, ese ejercicio de efectismo y masturbación mental que tanto gustan en círculos intelectuales. En los últimos diez años el cine sólo arroja buenas películas de la mano de directores ya contrastados o de pequeños cerebros en productoras independientes. Otra cosa es el cine "indie", tan prostituído y apropiado por una corriente ideológica, ver GoodBye Lennin, que da asco.

¿Y cuando se inició todo esto? Pues ni idea. Pero siempre señalé a Godard y sucedáneos como instigadores de tal corriente diarreica. Planos infinitos, secuencias tan pausadas que no pasa nada, simbolismos ridículos en frases interminables, innovación de estilo y forma... todo eso ha sido mal interpretado. Lo que supuso una ruptura, una nueva forma de hacer y ver cine, se convirtió en un credo. Lars Von Trier es un ejemplo, elegido por intelectuales desde sus butacas, parece tener la batuta para hacer lo que le de la gana y reírse del personal (Manderlay, Los Idiotas, Dogville, el movimiento Dogma...) y si no te gusta es que no tienes corazón ni visión... Pero es que resulta que lo que hace el pesado Lars ya lo hacía, el también pesado, Tartosvsky pero con clase, o Mizoguchi o cualquier maestro de lo pausado. Pero como todo pasa por el filtro de la actualidad, del momento, del presente sin pasado, pues Von Trier y demás amiguitos son semidioses. Y eso no es así. Nosotros somos los principales culpables; revistas, foros, programas con un interés económico por encima del cinematográfico... ayudan a construír y pervertir todo esto. No vale hablar de los antecedentes porque son del pasado, ergo desfasados, ergo no están de moda. Y los manaquíes andantes del postmaterialismo se creen mesías del buen gusto y el arte. Sobre esto, leí el otro día una anécdota que nos dice hasta donde han llegado los intelectualillos y modernillos de la época.

Un violinista americano afamado iba a dar un concierto de cámara en New York, las entradas estaban agotadas desde hace meses. Nuestro violinista una semana antes, se situó en la boca del metro de las líneas más transitadas y tocó durante varias tardes, gratuitamente. Nadie reparó en él, y apenás sacó un par de centavos. Después de esto, le comentó a sus amigos, que si un violinista cualquiera le suplantara en su espectáculo nadie notaría la diferencia y aplaudiría a rabiar porque se trataba del nombre y el acuerdo tácito que había sobre la calidad de su figura.
Ya no se trata de que la película guste o no, si no que la he visto porque hay que verla. Y si esto pasa con algo tan insignificante como el cine, que no pasará en la vida real...

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