martes, 1 de mayo de 2007

El otro día a media tarde, entre café y café, dos amigos y el que suscribe comenzamos una discusión interesante sobre cuando un artista es artista. El tema de debate surgió a raíz del "Modern Times" de Bob Dylan, último disco del autor. Reconozco que solo he escuchado dos canciones, pero es que me suenan a lo de siempre desde mediados de los 80. A miles de gatos maullando al acorde de Sol. Creo que Dylan es el mejor artista de la historia, la década de los 60 y 70 alumbró joyas musicales que aún hoy suenan frescas; Desire, Blonde on Blonde, Blood on the tracks... y así muchos más. El asunto es que la dimensión del artista crece y crece y lo desapega de la realidad, pierde consciencia de sí mismo. Tanto por el seguimiento borreguil en masa de la sociedad como por los halos de grandeza del protagonista.

Yo defendía que llegados a un punto, todo artista debería ser capaz de decir "hasta aquí", es decir, si tienes la capacidad de hacer y saber que una obra es espectacular. Tienes que tener la misma capacidad para saber que no vas a igualarlo. Y entonces ¿Para que seguir?. Me parece mucho más digno de admiración parar en su justo momento, que arrastrarse por estudios de grabación intentando rizar el rizo y perdonandolo todo porque soy Bob Dylan, o cualquier otro nombre de la farándula musical.

Evidentemente, la polémica está servida. Para aderezarla un poco más puse el ejemplo de Scorsese, no vamos a descubrir ahora al bueno de Marty, pero es que desde Casino casi que podría haber dejado el cine ¿El Aviador, Gangs of..., Infiltrados? No están a la altura del director, de hecho el último Óscar suena a risa. Pero Marty dirige confesándole a sus más íntimos que trata de innovar en la actual industria, no marcar un hito... de ahí que esté siempre con Dicaprio.
Otro ejemplo es el bueno de Sam Mendes. El inglés dirigió una apoteósica American Beauty, de hecho, una de las mejores películas de la década de los 90 y principios del 2000. Perfecta es la palabra. Mendes esperó 4 años para su siguiente película, Road to Perdition otro peliculón de cine negro con un Paul Newman estratosférico y un contenido Tom Hanks lejos de sus muecas y sobreactuaciones. Gran película, pero mediada por el impacto que supuso American Beauty. Hace dos años, Mendes dirigió Jarhead un alegato contra la guerra. Discreta pero bien contada. Ahora se habla que el director reunirá a Kate Winslet (su mujer) y Leonardo Dicaprio (director bueno que lo llama, director que se la pega) en Revolutionary Road, adapatación a la gran pantalla de la novela de Richard Yates que cuenta las contradicciones de un matrimonio americano en la década de los 50...

Mendes, Scorsese y Dylan tienen en común lo mismo, que llegado un punto en su carrera alcanzaron lo más alto, y no me refiero a éxito, si no a valía, calidad y no han vuelto a recuperarlo. Otra cosa es que yo como seguidor de Martin Scorsese diga que todo lo que hace, aún las malas, son mejor que la mayoría de cintas que se estrenan en un año, y tendría razón. Como con el disco de Dylan. Sí, tanto uno como el otro son lo mejor del año, seguramente. Pero las cosas se afirman en sí mismas no por oposición o enfrentamiento a algo. La identidad es la propia, luego surgen relaciones sociales que determinan el papel de cada uno. Pero la identidad, la propia, es una. De ahí que con ciertos artistas haya que ser exigentes y no porque lleve un nombre, una marca de estilo, haya que valorarlo per se. Eso es snobismo. Aunque bueno, a lo mejor, el pasar las noches escuchando Gates of Eden, o apreciando a Jack Lamotta porque no hay nada que vuelva a transmitir la esencia, la pureza y fuerza de tales composiciones, puede que también roce lo snob...

No hay comentarios: