lunes, 21 de mayo de 2007

En algún lugar había escuchado eso de "... el escritor es escritor aunque no escriba" siempre le había costado entender esos silogismos, pero ahora, su vida era uno de ellos. Cada mañana era un castigo. Delante de aquel maldito procesador de textos lo único que podía visionar, era aquella línea vertical parpadeando, esperando a que las palabras brotaran con rapidez y sencillez para ir conformando párrafos de una historia. Pero sólo hacía aquello, parpadear una y otra vez, vacía, monótona. Todas las mañanas de cada semana. Por las noches, era peor, porque el resplandor de la pantalla ni siquiera le dejaba concentrarse en otra cosa. Entre lo blanco de la página y lo parpadeante de aquel maldito guión, estaba a punto de volverse loco.

Todo comenzó aquel maldito día en el qué le dieron un premio al escritor revelación. Siempre había tenido un excelente gusto para cultivar historias que llegaran a la gente. Unas veces de amor, otras de odio, muerte o simples comedias. Pero llegaban. El éxito lo obtuvo con una novela corta en la que se contaban los avatares de un vagabundo en los últimos días de su vida. Crítica y público se había puesto de su lado. Y el premio llegó sin nisiquiera esperarlo. Allí estaba, en una recepción con canapés de mil colores y con el mismo sabor. Rodeado de trajes, fracs y sombreros, y con aquel maldito cinturón apretándole hasta el infinito. Todo eran felicitaciones, que sí la novela del año, que sí mucho talento, que si era muy joven para escribir... Y la sonrisa forzada era la respuesta. No es que fuera un hermitaño, pero siempre prefirió la soledad y una buena taza de café para estar tranquilo.

En la misma recepción una jovencita se le acercó y le dijo "... ¿me puede firmar este libro", sorprendido, se giró, y lo único que pudo balbucear fue que él no era tan importante como para que su firma valiera algo, si no que simplemente escribía. La muchacha, perpleja, lo miró de nuevo, y bajando su mirada, se ruborizó. Siempre le gustó pasar desapercibido, y esta no era la mejor manera, "no te voy a firmar el libro, pero si quieres podemos sentarnos a charlar...". A veces lo sencillo, es lo más complicado de hacer. Ambos hablaron hasta la madrugada, los días se sucedieron a la par que sus encuentros. Sin saber cómo ni cuándo, era feliz a su lado, enfrente, una mañana más, aquella línea vertical seguía parpadeando...

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