La docencia no es una obligación, si no un deber, casi que diría que un placer. El hecho de poder enseñar y transmitir conocimientos sólo debería ser patrimonio de aquellos que lo sienten, no de quienes se sienten obligados para. Lo de siempre, libertad de o libertad para. En la actualidad, muchos de los futuros docentes no lo son por vocación, palabra romántica en total desuso, si no por salida airosa y cómoda para los próximos 35 años. Un buen sueldo, vacaciones largas, pagas extras y el "pequeño" deber de formar a las generaciones venideras. Vamos, jauja.
Creo en la humanidad y el género humano, y también creo que todos los profesores quemados y cómplices de un sistema inútil fueron, en su inicio, revolucionarios y agentes de cambio. Pero la sinergia del sistema y la autoderrota inflingida acabaron con esa posibilidad romántica y la tradujeron en una especie de todo sigue igual o ¿quién soy yo para cambiar lo que lleva tanto tiempo así? Porque presuponer que las personas desde un inicio sean cómplices de la mediocridad y la desmotivación, sería demasiado triste. Total, que en una de esas conversaciones al aire entre amigos salió el tema de si alguno fuera profesor, en universidad, tendría favores o facilidades en el caso de dar clase a un amigo, novia o sucedáneo cercano a una relación personal estrecha.
La respuesta cae por su propio peso. No. La docencia, la sabiduría, el aprendizaje es una cosa, y la amistad o relación de pareja es otra diferente. Y si una va bien no significa que la otra le siga, y viceversa. Hay unos mínimos para todo el mundo, para los estudiantes, tu rol en la universidad o instituto es el de estudiante, y como tal tienes que cumplir unos baremos, luego, fuera de ahí, ya cambia. El estudiante que suspende puede ser el amigo con el que hablas todos los días, pero ello no garantiza aprendizaje o buenas maneras en el estudio. Es como presuponer que quién no hace bien su trabajo por falta de destreza, es un inútil en los demás campos de su vida. Pues eso.
Las cosas son difíciles por sí mismas, sin necesidad de que nadie las complique más. Si quieres aprender, luchas por ello, si sólo quieres aprobar está la ley de los tres días; me lo leo, chapo el último y saco un cinco... vale, pero luego no nos quejemos si no hay base, si me exigen más o cualquiera chuminada de la comodidad, que todos como estudiantes, hemos querido. La comodidad y facilidad, no significa mejor aprendizaje. Pero tampoco la dificultad lo es. Las cosas por sí mismas. La labor de un maestro es compleja, enseñar, despertar inquietudes, llegar a los alumnos con contenido... parece fácil, pero a la vista está que no se sabe hacer.
Ahora bien, el alumnado juzga a los profesores por como son sus exámenes, o peor aún, por ese individualismo asqueroso de "es que a mí me suspendió..." ¿Y? ¿Quién es una persona entre 1000 alumnos? sí, el 0,1 por ciento. No se valorá la capacidad, el contenido, ni las formas, sólo el resultado personal. Y es ahí donde el sistema comienza a enquistarse. ¿Que más da que el profesor me apruebe, y con nota, con un trabajito si no aprendí nada y vi que era un zoquete máximo? Pues da igual, porque aprobé y tengo nota, así es como son las cosas.
Eso junto con la necedad del sistema establece un caldo de cultivo tan fuerte y espeso, que la única dirección que permite, ya no es la mediocridad, si no la ignorancia, claro acompañante de la autodestrucción...
jueves, 7 de junio de 2007
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario