viernes, 29 de junio de 2007

LA PARADOJA DEL SOCORRISTA

La nueva sociedad tiene un componente individual que lo devasta todo. El concepto "individuo" se ha malentendido. Ya no se trata de la singularidad y proyección de la persona, no, si no de la conversión en un Estado. El individuo se ha convertido en imperio de ley, algo reservado al Estado, para su propia satisfacción e interés. Este imperio de la ley, convierte a la persona en un sujeto en constante competencia con sus iguales y con la consiguiente necesidad de notoriedad y diferencia. Todo ello dentro de un marco qué es la masa. El individuo se cree libre cuándo realmente pertenece a un compedio de interacciones, comportamientos, normas y valores dirigidas por un ente social cuyo acuerdo se ha convertido en una imposición. La inconsciencia de pertenencia a tal movimiento, hace que el individuo se aleje de sus semejantes y se singularice en sí mismo, sus ideas y aprendizajes, sin mayor razón que la propia. El individuo es por fin la medida de sí mismo y de todo lo demás. En este resumido ambiente, se encuentra la paradoja del socorrista.

La playa es un sistema natural con sus propias leyes, el ser humano ha llegado a dominar muchas cosas, pero a un no la naturaleza. En verano, las normas del agua se codifican en banderas; verde-apto, amarillo-precaución, rojo-prohibido. El socorrista avisa y vigila por la preservación de sus iguales en la figura de bañistas. Con la bandera roja, cuatro o cinco personas, siempre se meten en el agua, a dos de esas 5 la corriente las arrastra ¿Qué tiene que hacer el socorrista? El socorro es una acción que surje y se deriva tras un momento de peligro inesperado. La casuística determina el momento. De ahí se socorre. La persona que disfruta de una tarde en la playa, se baña y sufre un corte de digestión, un calambre, desfallecimiento... o cualquier situación inesperada en un estado de normalidad y calma aparente, ha de recibir ayuda. Ahora bien, la persona que haciendo caso omiso a los avisos, consciente de sí misma y que valorando la situación decide meterse en el agua con una bandera roja, atenta contra su instinto de pervivencia, contra lo innato de las personas que no es más que las ganas de vivir. Ya no sólo atenta contra sí misma, si no contra un tercero, el socorrista ¿Porqué el socorrista ha de poner su vida en peligro con el mar encrespado, por la irresponsabilidad categórica del individuo? No hay necesidad, porque eso ya no se convierte en socorro, si no en imprudencia, en temeridad ¿Es una temeridad una situación de socorro? NO. Quién la lleva a cabo es un temerario, pero quién la sufre es una víctima, ergo ésta es la que necesita el socorro. Por lo tanto, el socorrido en esta situación es el socorrista. De ahí la paradoja.

La temeridad del individuo sitúa al socorrista en un disyuntiva; la de su obligación para salvar a los bañistas en situaciones de peligro y la de su propia subsistencia. La primera ya no es cierta, porque no es una situación de peligro, si no una temeridad, una provocación o irresponsabilidad. Ya no es socorro, si no educación, obligación de rescate o cualquier otro término. Sin embargo, el socorrista, no pensará en todo esto, actúa por instinto laboral (el de la preservación de la seguridad de los bañistas) viéndose envuelto en una situación dónde requerirá ayuda, ergo se convierte en socorrido. El socorrista sabiendo de los peligros, pone en juego su vida por una socialización errónea en las normas de pervivencia básicas. El individuo social verdadero, es responsable y coherente, valora y comprende. Todo lo demás es una legitimación de las actitudes individualistas.

En una sociedad dónde el individuo es su medida, donde se dice que nadie educa a nadie, que yo mismo sé lo que hago... en una sociedad dónde se han cimentado estos valores. El sujeto que decide meterse en el agua con bandera roja, no merece la atención de nadie. Y no es omisión de socorro, repito, es una temeridad, y la temeridad como su nombre indica no es socorro. Lo que pasa es que hay mucho pazguatismo y estupidez congénita. Se dramatiza todo tanto, que a la excepción se la convierte en norma. Una sociedad donde una persona a sabiendas de que pone en peligro la vida de otras, lleva a cabo su acción y aún encima hay que socorrerle, una sociedad que incita a la salvación de los desalmados e insolidarios, está enferma. Si la humanidad se quiere preservar no debe atentar contra sus principios básicos de solidaridad y supervivencia. Es algo sabido. Entonces ¿dónde está el problema? ¿En que es duro dejar morir a alguién que se está ahogando? No se trata de dejar morir, eso es lo mejor, si no de dar rienda suelta al individualismo, es decir, si cuando los megáfonos clamaban por lo peligroso del mar, si cuando el socorrista señalaba las zonas de riesgo y prohibía el acceso a bañistas, las personas en cuestión dudaban de la legitimidad del mensaje porque "no es para tanto y yo tengo calor y no quiero esperar en las duchas" si por algo tan nimio, tan ridículo, el individuo decide seguir adelante seguro de sus fuerzas y posibilidades aún poniendo en peligro la pervivencia de sus congéneres sin la mayor importancia, entonces, llegado el momento de intervención, el socorrista, debería sentarse, coger sus prismáticos y decir " si tan seguro estabas que te saltaste todas las normas de convivencia y preservación social, pusiste en peligro la vida de otras personas sin importarte lo más mínimo, entonces, ahora, empieza a nadar..." Suena duro, pero es que no lo es. Sea pensado objetivamente, quitado el componente de "es que podría ser mi amigo..." y la verdad lógica y aplastante, se muestra.
Ya no hay normas, ni valores, sólo el individuo. No se llama sociedad si no acuerdo de convivencia individual. Y quién no quiera vivir en ese acuerdo, que dé un paso adelante... Bienvenido.

No hay comentarios: