sábado, 27 de octubre de 2007

El agresor del metro

Anda estos días la opinión pública española revuelta. Durante esta semana en televisión se pudieron ver las imágenes de un joven catalán agrediendo a una emigrante ecuatoriana. Leí en varios sitios que las imágenes recuerdan a la violencia gratuita narrada por Kubrick en La Naranja Mecánica. Lo que Kubrick dibujaba como una paranoia social se ha convertido en realidad. El problema no es que se trate de un caso aislado, puesto que no hay cámaras en todos los sitios y no se puede saber lo que acontece realmente, si no que la demostración de poca humanidad del sujeto es preocupante.

En primer lugar se pudo ver al susodicho tomándose una cerveza en un bar de su barrio, con total tranquilidad. Si fuéramos gente coherente, por encima de vender una cerveza (1,20 euros) está la persona a la que estamos atendiendo. Así como en muchos establecimientos no se permite la entrada a gentes ebrias, tampoco se debería permitir a descerebrados. Vamos, que por mucho bar que tenga un tío que piensa que el hecho de ser de otro país significa inferioridad no merece ser atendido, de hecho, no merece ni salir en prensa, de tener todo ese eco mediático.
Merece un funcionamiento estricto de la justicia que visualice esas imágenes y lo condene con todos los mecanismos que la jurisdicción española pone a su disposición.

Y es que lo de dar estas imágenes, puede ser un arma de doble filo. Por un lado se conciencia a la gente y se da un discurso moralista sobre la integración, tolerancia y respeto. Pero por otro se puede desatar un fenómeno mimético. Me explico. Una persona graba en su móvil una agresión a un compañero de clase y lo cuelga en internet recibiendo miles de visitas, lejos de desaparecer, se multiplica y convierte en un fenómeno preocupante (basta con poner peleas instituto en youtube y ver lo que sale...). No digo que ahora cualquier persona en pleno metro, calle, bus o local se le de por emprenderla a patadas con el primero que pasa, pero el morbo de lo prohibido y vetado es provocativo. Como la cleptómana roba por el placer de no ser descubierta, el enfermo social lo hace con el mismo placer. Es evidente que una persona que pega y maltrata a un igual, equilibrado o sano no es. La sociedad debe poner todos los medios al alcance para evitar este tipo de comportamientos así como su solución. Pero ¿realmente el individuo en cuestión se quiere curar? Él no piensa que esté enfermo, incluso aprobará su conducto y hablará de "caza de brujas", "exagaración" o cualquier justificación posible. Una persona que se encara con periodistas, muestra una mueca desafiante y chulesca despues de cometer tal atrocidad ¿piensa que esta enfermo? No, los enfermos son los demás.

Y en estás estamos. Repito, parece que se trata de un caso aislado. Pero revuelve el estómago, puesto que se trata de una muestra extrema de una conducta, pero no quiere decir que las pulsiones que mueven a dicha conducta no existan en más individuos o grupos sociales. Es decir, se puede sentir ese rechazo de lo diferente pero no canalizarlo en forma de agresión, si no de partido política, movimiento social o tribu urbana. Algo menos evidente a los ojos de la opinión pública. Lo aislado debilita, lo grupal fortalece.
El agresor del metro de Barcelona es un ser deleznable, pero lo preocupante es que las ideas y pulsiones que llevaron a dicha persona a cometer tal vejación, se hayan igualmente en otros lados de la sociedad española. Una sociedad que da cabida a pensamientos que rechazan lo diferente por miedo e inseguridad, claro referente de destructividad. Que se apoyan en falsos historicismos para hablar de razas o comunidades superiores a otras. Que se permiten juzgar quién puede y quién no puede convivir entre iguales, repito, una sociedad que tiene en su seno este tipo de ideas, tiene un problema.

Alguno dirá "pegarle no, pero yo estoy de acuerdo en que no vengan a nuestro país..." y contiene la misma violencia y rechazo que el golpe en la cara del chico de barcelona, lo que pasa que no se ve en la cámara de un metro, no se escucha en los telediarios, si no que está presente en las mesas de los cafés, en los círculos de amigos, y en cualquier calle que transitemos. No se trata ya de la violencia manifiesta, si no del rechazo contenido.

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