Una de las acepciones que la RAE da de confianza es familiaridad o libertad excesiva. Lo de familiaridad le dota de ese componente tradicional y costumbrista. La confianza como vínculo, unión fundada en el respeto y en entendimiento entre iguales. Pero ¿libertad excesiva?. ¿Puede ser la libertad, excesiva?. Si. Cuando interfiere en la de la otra persona. Ese es el límite entre libertades, el famoso "la libertad de uno acaba donde comienza la de los demás". Gran proverbio.
En los tiempos que corren resulta complicado distinguir entre confianza y abuso. Por la sencilla razón que delimitar las cosas es visto como egoísmo. En la fiesta de la libertad individual, todo es relativo. La comodidad la juzga el "yo", una vez más. Un "yo" orgulloso de sí mismo, de su propia existencia. Donde todo es bonito porque "yo" lo hago, porque soy "yo" quién lo siente y percibe así, y los demás están muertos porque "yo" lo digo. Amparado en mi propia especificidad y magnificencia ególatra.
En este campo, la confianza se torna en arma más que en forma de vida. Cuando se sobrepone la necesidad propia a la de los demás, cuando no se consulta porque se da por hecho. A fin de cuentas, cuando no se tiene una noción realista de las cosas, porque vivimos cada uno en nuestro mundo. En este ámbito la convivencia se vuelve insostenible. La solución no es fácil, porque en la actualidad reconocer un error significa ser inferior, perder partes de esa magnificencia. Y en lugar de reconocerlo, lo justificamos. Con argumentos individuados, o con la intromisión de "pues tú..." el otro como reproche, no como compañero. El error muestra la imperfección, el mostrarse ante los demás, ante el público que te observa y convive contigo. Los juicios que a nadie gustan.
Pero no se es menos persona, dicen que el buen entendedor no es el que más habla si no el que sabe escuchar. Y sólo nos oímos a nosotros mismos, porque todo "yo" es especial, y si no se siente así se recurre a la insensibilidad como definición vital.
Hoy en día no se puede dialogar, porque todo el mundo quiere llevar la razón como garante de su dominio y posición privilegiada como oráculo anónimo. No se debate, porque no se tiende a ceder, a buscar la verdad subyacente. Sólo a corroborar lo que uno piensa y dice por encima del otro. En la sociedad competitiva el segundo es un perdedor, no una persona que tiene la posibilidad de ser primero, o mejor aún, sin categorías. La de una persona que intenta realizarse y superarse, no como premio, no como medio para conseguir algo, si no como forma de transcendencia, como elemento eugenésico. Ya no.
No se puede diverger en opiniones porque cada uno es como es. Y en eso no hay problema, sino en que cada uno siendo como es sea más que los demás. Una lógica paradójica que engloba una verdad inmutable, que sólo pensamos en los demás en la medida que nos afectan. El utilitarismo en su punto álgido. Las personas están cansadas de escuchar "pues a mi..." "pues YO no hago eso..." " pues YO no soy así". Nadie te lo ha preguntado. A nadie le interesa. Porque en esa oda individual no hay nada que escuchar, y mucho menos algo que descubrir. Pero da igual ¿a quién le importa? "Rayadas", "Comerse la cabeza". En una sociedad donde el individuo tendiera a mejorar, a realizarse a través de los demás y en sí mismo. En una sociedad donde escuchar fuera norma y autocomplacerse sanción. Ahí donde el individuo es consciente de sí mismo y de todo el entorno en una unión perfecta, ahí, las cosas comenzarían a cambiar. El yo surge necesariamente por contraposición a algo. La conciencia de uno mismo surge cuando se tiene conciencia de que hay algo más. El yo sin el otro, no es nada. Pero lo otro siempre existe. Cualquier lugar existe aunque no hayamos estado allí, otra cosa es tener conciencia de ello. Y la coletilla del "´¿y luego yo?" ya cansa. Pero es lo que hay.
miércoles, 28 de noviembre de 2007
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