jueves, 22 de noviembre de 2007

No somos dueños de nada, porque si lo pensamos fríamente, no tenemos nada. "somos la mierda cantante y danzante del mundo" lo decía Tyler Dourdain, y poco se equivoca. En lugar de reflejarnos en nosotros mismos, en crecer y desarrollarnos como personas en y por los demás... No, lo hacemos a través de la posesión. De la falsa certeza de que aquello que tenemos nos hace más fuertes, seguros y mejores. El problema es que cada vez que obtenemos una cosa surge otra que la mejora, y con ella, la imperiosa necesidad de sentirse cobijado en esa necesidad creada. La avaricia se ha convertido en una forma de vida. Acumular ya no en relación a los demás, si no a un "yo" que se infla a una velocidad proporcional a la que consume. Y cuando hablamos de consumir, no hablamos de aquello que se puede comprar, si no de todo aquello que tiene la cualidad o es absorvido por la esfera de lo consumible.

Las personas ya no son por sí mismas, sentimos a la gente por lo que significa para uno mismo, por lo que "me aporta", no por lo que es. Fetichizamos las relaciones de amistad a través de baremos de productividad; si me siento feliz, si estoy cómodo, si me aporta una conversación. Convertimos la amistad en utilidad, no en sentimiento. Y para obtener la máxima utilidad hay que estar preparado, hay que saber lo que mostrar y lo que no, hay que ser una persona según el ambiente en el que te veas implicado, siempre con una sonrisa, con buenas formas. Como mostrando que eres un amigo universal. Todo para conseguir algo, no para sentir. Se trata de entretener, de realizarse con los demás no a través de ellos. Soy porque estoy contigo. Una simbiosis neutralizanete, donde el "yo" sujeto es más grande que todo el predicado. Ese SOY suena enorme, pesado. Tanto, que limita la segunda parte, que es el objeto que le permite ser, el otro. Pero ese "otro" en lugar de ser él mismo, es por lo que significa para el yo. Pierde su naturalidad, su condición y su cualidad que se ve maquillada por el filtro de la utilidad que representa para la otra persona.

El amor, camina por el mismo sendero. Ya no se trata de amar a la persona, si no que la capacidad de amar recuerda que "yo" puedo amar, que soy libre en mi acto de amar y me enorgullezco de todo ello porque soy "yo" quién lo hace. Ya no se ama a la persona por lo que es, si no por su significado para mí. Y eso es peligroso. Puesto que la persona puede significar mucho para mí, pero si ha sido una mala persona con los demás ¿de que vale?. Pues sí, sigue valiendo. ¿Porqué? Porque se ha perdido la moral y las referencias. La referencia es el individuo, el yo narcisista y egocéntrico. "mientras no me lo haga a mí..." parece ser el nuevo credo. "Me gustan las personas que me juzgan por lo que soy con ellas, no por otras cosas" sí, tal cual Hitler. Sólo el propio individuo es quién de glorificarse u hundirse (esto último, más bien poco, puesto que suele ser una forma de llamar la atención y mostrarse, que de sentimiento verdadero) Las relaciones son por y para siempre, y para ello hay que apartarse en una burbuja individual que se pinta de rosa y se llena de caramelos. Las parejas viven su amor en una soledad compartida, es un amor egótico, excluyente ¿lo que excluye es amor? El amor une, crea, produce, no divide o selecciona. Eso es otra cosa.

Pero para plantearse todo esto hay que tener espíritu crítico, primeramente, con uno mismo, y luego ir ampliando miras. A nadie le gusta saber que está equivocado ¿por? Porque históricamente siempre se hizo burla sobre el error, el desprestigio cae sobre el fallo y la incapacidad, en lugar de la comprensión y la ayuda. ¿Porqué? Porque quién falla no tiene, no puede poseer, y eso, se ha convertido en marca social. Ya no se trata de medios de producción, si no de bienes de consumo, somos lo que consumimos no lo que producimos, puesto que nos hemos hecho a la idea, casi innata, del trabajo como obligación y medio para, no como realización. "Estuve allí.." "tengo esto.." "fui a comer a..." es más la sensación de posesión que la de sentimiento. LAs cosas no se hacen porque se sienten, se perciben, si no como dinámica general. Los viajes se convierten en fetichización de los lugares "yo estuve allí, por lo tanto existe y es mío" en lugar de sentirlo per se. No puedes entrar en el Louvre creyendo que sólo tú lo percibes, básicamente, porque no estás sintiendo objetivamente todo lo que ves, si no por reflejo de lo que deberías sentir. No se trata de lo que me transmite la medusa, si no de lo que evoca, lo que significaba para el pintor, que inquietud tendría para plasmarlo de esa manera. Eso es sentir el arte, porque el arte tiende a lo absoluto, a la perfección, no a la belleza. La belleza es un paso, lo absoluto es la finalidad (T. Adorno).

Y como el individuo actual es absoluto, puesto que lo abarca todo, el arte también lo es, porque se subsume en todo su ser. Como decía al principio, ya no sentimos verdaderamente, si no que conceptualizamos las cosas para que signifiquen algo para nosotros. Si no las podemos tener ya no significan. En el mundo visual y posmoderno la vida es así, lo imaginario como triunfo. Ya no hace falta sentir porque la posesión de las imágenes evoca ese sentimiento y esa realidad. Así es que la gente está triste, que defienden lo indefendible y que se dedican a vivir una juventud eterna que ya no volverá. Y alguno de éstos, hubo un momento, en que lo llamamos amigo y un amigo esta lleno de vida, éstos también están llenos, pero de mediocridad.

"... no se puede pensar un sentimiento ni se puede sentir un pensamiento" J.P. Sartre

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