lunes, 30 de julio de 2007
sábado, 28 de julio de 2007
Caminando por la calle copa en mano, alzo mi cabeza, y a mi derecha, como si no tuviera alma, una chica escucha con sus cascos el mp3 de su móvil. Absorta, ida, presente de cuerpo pero lejana de mente. En esos momentos, me imagino que está oyendo esa canción que todos tenemos en la qué cerramos los ojos y, simplemente, nos vamos, pero seguimos estando presentes. Durante esos instantes no ocurre nada, simplemente escuchamos para luego volver a donde el tiempo sigue corriendo.
Podría estar escuchando Bisbal, prefiero pensar que no y seguir con una sonrisa en la cara...
Podría estar escuchando Bisbal, prefiero pensar que no y seguir con una sonrisa en la cara...
martes, 24 de julio de 2007
sábado, 21 de julio de 2007
Me hace gracia hablar de cine con la gente. Porque uno se da cuenta de lo frágil que es la memoria, de lo sencillo que resulta arrojar miles y miles de películas a la retina del espectador, como si fueran hamburguesas, listas para comer, digerir y olvidar. Me hace gracia eso de " es que vi muchas películas pero no me acuerdo del título ni de que iba hasta que no la veo..." es decir ¿me leí muchos libros pero no me acuerdo ni del escritor ni del título? triste, cuanto menos.
Digo esto a propósito de una joya que allá por 1999 removió las entrañas del sistema con una lírica desconocida en el séptimo arte, pese a quién le pese esta expresión. Sam Mendes se encargó de dibujar una historia contemporánea en American Beauty, una de las obras maestras de los últimos 20 años, como suena. Ni Crash, ni Brokeback mountain, ni El Pianista... tengo mis dudas con Babel. En American Beauty se hace realidad lo invisible; que detrás de la normalidad existe la infelicidad. Una normalidad creada en una casita con una puerta roja (iluminada toda la película) el amor incondicional a una mujer, que dejó de ser ella hace mucho tiempo. Una Hija adolescente desplazada, la golfa que no es tan puta porque es vírgen pero no quiere ser "vulgar", gloriosa última escena. Todos conforman el collage que traza Mendes a lo largo de dos profundas horas. En ese momento, como Ricky Fitz, sabes que no estás solo en el mundo, que hay alguién ahí afuera que te entiende, y mejor aún, que lo ha sabido plasmar en imágenes, acordes y palabras medidas perfectamente, sin llegar a cargar pero sin saber a poco.
Habrá memos y bobalicones, porque todo hay que decirlo, que se queden con la imagen de la bolsa de plástico "queriendo bailar, en uno de esos días de otoñoa en que va llover, y el aire está cargado de electricidad..." vean en eso el explotado "placer por las pequeñas cosas" de Amélie. Pues eso, bobadas, estupideces ñoñas. Porque lo dice Ricky en una alegoría que marca época; " y descubrí que hay vida detrás de las cosas [...] y siento que hay tanta belleza en el mundo, que creo que no puedo soportarlo..." No es lo azaroso de la bolsa y lo "bonito" de ese baile, la belleza radica en la energía "electricidad", "baile" en esa sensación de reencarnación entre Ricky Fitz y la naturaleza a través de la modernidad, una bolsa, avance del hombre, arrastrada por el viento y la hojarasca, sin más utilidad, una pieza más, pero que dota de armonía al conjunto.
Esa idea no la tiene cualquier persona, es de un genio. En una película donde todos son normales; Anette Bening vende casas pero no quiere dar una IMAGEN de fracasada, el padre de Ricky (un excelente Chris Cooper) quiere educación y disciplina para dar una IMAGEN de normalidad, Angela (Mena Suvari) simplemente quiere ser modelo y ser deseada por todos para huír de la IMAGEN de vulgar. Y el bueno de Ricky, en un comienzo que recuerda a La Ventana Indiscreta pero modernizada, simplemente captura esas imágenes porque le parecen "bonitas" o "atractivas". Por no es ñoño, al contrario, fluye porque es natural, porque todos los personajes buscan esa redención, y ninguno la tiene.
Se convierte Lester Burham en el antiheroe de la película. Despido brillante, trabajo denigrante para él complaciente, búsqueda de la felicidad que perdió como camino a la amiga guapa de su hija... Y al final, en otra alegoría se describe esto: "¿Como está señor Burham?. Es la primera vez en mucho tiempo que alguién me pregunta eso... Bien, estoy bien... " Con una sonrisa mirando la foto de su hija, "vaya, vaya, vaya..." y los sesos estampados en la pared. Brutal. En un Mcguffin para la eternidad, las vidas de todos y cada uno de los protagonistas cobran otro sentido, la soledad de Carolyn, la compañía en la separatidad del mundo de Ricky y Jane, la inocencia de Angela, la espiral de destrucción del coronel... Y todos ellos unidos por la mueca sonríente de Lester Burham apoyado en la mesa de la cocina en un inmenso charco de sangre.
Su voz en off transmite una paz colosal, un plano secuencia sin más virtuosismo que mostrar la misma imagen del principio sustenta los últimos minutos, y el cuerpo se estremece cuando el bueno de Lester, desde algún lado, recuerda su felicidad en las manos de su abuela, las acampadas con los boy scouts, Jane creciendo, carolyn siendo carolyn... y dice eso de que no es un segundo lo que se te pasa delante de tus ojos, si no un océano de recuerdos. "... algún día lo entenderán".
Y se acaba. Te das cuenta que el bueno de Mendes ha dinamitado el sistema desde dentro, y también te das cuenta que su mensaje se malentenderá. Los ñoños lo entenderán como una oda al amor, mentira. Los solitarios como lo triste que es estar solo, mentira. Todo el mundo se olvida del título, "American Beauty" Belleza Americana, y esa belleza no es cosa por cosa, si no todo el conjunto. Ninguno es feliz, Jane Y Rycky tienen "un amor tan intenso" que lo tienen que vivir solos, ellos dos únicamente. De Carolyne ni hablamos. Pero Lester se realiza en el conjunto, en su ejercicio, su dignidad laboral (disfruta haciendo hamburguesas, le dignifica), su volver a sentirse vivo. Siente el conjunto, la totalidad. De aí su sonrisa, porque en el momento que muere pasa a formar parte de la totalidad del mundo que el vivió, es energía. Eso es amor, el único amor que hay en toda la película, el que viene de la belleza, de la armonía.
El problema de esto, como digo, es que la creciente cultura postmoderna convierte este tipo de película o Amélie en ñoñerías, les quita el mensaje y contenido para adueñarse individual y egóticamente del contenido como si fuera su vida. Y así le quitan el significado, porque es sólo imagen. Porque la grandeza de American Beauty o Amélie es que son excepciones, no formas de vivir la vida. Las pequeñas cosas de Amélie eran por su infelicidad y necesidad de sentirse querida a través de sus buenas obras, luego encuentra el amor. En American Beauty la normalidad devora a Kevin Spacey y esa "anormalidad" que le hace feliz le termina matando. ¿La moraleja? No lo sé, a mí, particularmente, me dice que el amor no es una relación de pareja, ni querer para siempre ha alguién, ni tener cosas, ni ser valorado por una sociedad que no es social, para mí es mucho más sencillo. "... hay tanta belleza en el mundo que creo que no puedo soportarlo" apreciar eso es muy difícil, pero no imposible, y ese es el camino de la eternidad, del verdadero amor, el que ni se crea ni se destruye... Gracias Sam.
Digo esto a propósito de una joya que allá por 1999 removió las entrañas del sistema con una lírica desconocida en el séptimo arte, pese a quién le pese esta expresión. Sam Mendes se encargó de dibujar una historia contemporánea en American Beauty, una de las obras maestras de los últimos 20 años, como suena. Ni Crash, ni Brokeback mountain, ni El Pianista... tengo mis dudas con Babel. En American Beauty se hace realidad lo invisible; que detrás de la normalidad existe la infelicidad. Una normalidad creada en una casita con una puerta roja (iluminada toda la película) el amor incondicional a una mujer, que dejó de ser ella hace mucho tiempo. Una Hija adolescente desplazada, la golfa que no es tan puta porque es vírgen pero no quiere ser "vulgar", gloriosa última escena. Todos conforman el collage que traza Mendes a lo largo de dos profundas horas. En ese momento, como Ricky Fitz, sabes que no estás solo en el mundo, que hay alguién ahí afuera que te entiende, y mejor aún, que lo ha sabido plasmar en imágenes, acordes y palabras medidas perfectamente, sin llegar a cargar pero sin saber a poco.
Habrá memos y bobalicones, porque todo hay que decirlo, que se queden con la imagen de la bolsa de plástico "queriendo bailar, en uno de esos días de otoñoa en que va llover, y el aire está cargado de electricidad..." vean en eso el explotado "placer por las pequeñas cosas" de Amélie. Pues eso, bobadas, estupideces ñoñas. Porque lo dice Ricky en una alegoría que marca época; " y descubrí que hay vida detrás de las cosas [...] y siento que hay tanta belleza en el mundo, que creo que no puedo soportarlo..." No es lo azaroso de la bolsa y lo "bonito" de ese baile, la belleza radica en la energía "electricidad", "baile" en esa sensación de reencarnación entre Ricky Fitz y la naturaleza a través de la modernidad, una bolsa, avance del hombre, arrastrada por el viento y la hojarasca, sin más utilidad, una pieza más, pero que dota de armonía al conjunto.
Esa idea no la tiene cualquier persona, es de un genio. En una película donde todos son normales; Anette Bening vende casas pero no quiere dar una IMAGEN de fracasada, el padre de Ricky (un excelente Chris Cooper) quiere educación y disciplina para dar una IMAGEN de normalidad, Angela (Mena Suvari) simplemente quiere ser modelo y ser deseada por todos para huír de la IMAGEN de vulgar. Y el bueno de Ricky, en un comienzo que recuerda a La Ventana Indiscreta pero modernizada, simplemente captura esas imágenes porque le parecen "bonitas" o "atractivas". Por no es ñoño, al contrario, fluye porque es natural, porque todos los personajes buscan esa redención, y ninguno la tiene.
Se convierte Lester Burham en el antiheroe de la película. Despido brillante, trabajo denigrante para él complaciente, búsqueda de la felicidad que perdió como camino a la amiga guapa de su hija... Y al final, en otra alegoría se describe esto: "¿Como está señor Burham?. Es la primera vez en mucho tiempo que alguién me pregunta eso... Bien, estoy bien... " Con una sonrisa mirando la foto de su hija, "vaya, vaya, vaya..." y los sesos estampados en la pared. Brutal. En un Mcguffin para la eternidad, las vidas de todos y cada uno de los protagonistas cobran otro sentido, la soledad de Carolyn, la compañía en la separatidad del mundo de Ricky y Jane, la inocencia de Angela, la espiral de destrucción del coronel... Y todos ellos unidos por la mueca sonríente de Lester Burham apoyado en la mesa de la cocina en un inmenso charco de sangre.
Su voz en off transmite una paz colosal, un plano secuencia sin más virtuosismo que mostrar la misma imagen del principio sustenta los últimos minutos, y el cuerpo se estremece cuando el bueno de Lester, desde algún lado, recuerda su felicidad en las manos de su abuela, las acampadas con los boy scouts, Jane creciendo, carolyn siendo carolyn... y dice eso de que no es un segundo lo que se te pasa delante de tus ojos, si no un océano de recuerdos. "... algún día lo entenderán".
Y se acaba. Te das cuenta que el bueno de Mendes ha dinamitado el sistema desde dentro, y también te das cuenta que su mensaje se malentenderá. Los ñoños lo entenderán como una oda al amor, mentira. Los solitarios como lo triste que es estar solo, mentira. Todo el mundo se olvida del título, "American Beauty" Belleza Americana, y esa belleza no es cosa por cosa, si no todo el conjunto. Ninguno es feliz, Jane Y Rycky tienen "un amor tan intenso" que lo tienen que vivir solos, ellos dos únicamente. De Carolyne ni hablamos. Pero Lester se realiza en el conjunto, en su ejercicio, su dignidad laboral (disfruta haciendo hamburguesas, le dignifica), su volver a sentirse vivo. Siente el conjunto, la totalidad. De aí su sonrisa, porque en el momento que muere pasa a formar parte de la totalidad del mundo que el vivió, es energía. Eso es amor, el único amor que hay en toda la película, el que viene de la belleza, de la armonía.
El problema de esto, como digo, es que la creciente cultura postmoderna convierte este tipo de película o Amélie en ñoñerías, les quita el mensaje y contenido para adueñarse individual y egóticamente del contenido como si fuera su vida. Y así le quitan el significado, porque es sólo imagen. Porque la grandeza de American Beauty o Amélie es que son excepciones, no formas de vivir la vida. Las pequeñas cosas de Amélie eran por su infelicidad y necesidad de sentirse querida a través de sus buenas obras, luego encuentra el amor. En American Beauty la normalidad devora a Kevin Spacey y esa "anormalidad" que le hace feliz le termina matando. ¿La moraleja? No lo sé, a mí, particularmente, me dice que el amor no es una relación de pareja, ni querer para siempre ha alguién, ni tener cosas, ni ser valorado por una sociedad que no es social, para mí es mucho más sencillo. "... hay tanta belleza en el mundo que creo que no puedo soportarlo" apreciar eso es muy difícil, pero no imposible, y ese es el camino de la eternidad, del verdadero amor, el que ni se crea ni se destruye... Gracias Sam.
jueves, 19 de julio de 2007
SOBRE EL CINE ACTUAL
¿Es la actualidad actual o una copia mal hecha del pasado? Lo digo por una curiosidad en la que repare el otro día. Alfred Hitchcock es uno de los grandes genios del cine, y no lo digo yo, si no sus películas. De Steven Spielberg se dice que es "el rey Midas de Hollywood". Uno por calidad y el otro por cantidad. ¡Mentira¡ gritaran los más osados. ¿Y La Lista de Schindlers? Una adaptación. ¿Y Munich? Un trauma de Steven. ¿Y ET? bonita película. Y así podríamos seguir con Tiburón, Jurassic Park, Encuentros en la Tercera fase... No voy a discutir la calidad de Spielberg, para mí limitada tirando a nula (otra cosa es la capacidad para generar éxito y sueños). Si no de la forma en que el pequeño Stevie se da a conocer en el mundo.
El Diablo sobre ruedas (1971) originalmente pensada para televisión, marca un hito en el cine moderno. Dennis Weaver es el protagonista que recorre América en coche, y que sin saber cómo ni porqué topa con un camión que lo persigue para fines no muy bondadosos. La película recrea una atmósfera claustrofóbica y tensa, donde la desesperación por el heroe crece y crece a lo largo del metraje. Lo inexplicable de la persecución atemoriza, así como el final, que lejos de acabar algo arroja una sensación de intranquilidad y adrenalina disparada.
Se le cataloga por ciertos círculos como obra maestra. Pero veamos. Allá por 1963 en un apacible pueblecito, donde veranean los protagonistas, comienzan a sufrir ataques del reino animal, descontrolado y enloquecido. Son Los Pájaros, de Hitchcock, donde Tippi Hedren pone el primer peldaño de lo que será el cine de alaridos. ¿Porqué unas gaviotas? ¿porqué a la gente? ¿Porqué...? La misma atmósfera de terror e incertidumbre, ya la dibujó Hitchcock diez años antes. Con el simple recurso de la cámara y un ritmo pausado roto por los graznidos de las aves.
Creo que no hacen falta más comparaciones. En la época de Hitchcock éste emplea una naturaleza que se rebela, temor atávico de la sociedad, descontrolada e imprevisible, cóctel explosivo para la sociedad. Stevie hace lo mismo con la modernidad. Personifica el terror en un mastodóntico camión, símbolo del avance y libertad (entendida ésta como mayor número de posibilidades de desplazamiento en tiempo y espacio) puesto en manos de un desvíado. Dando a entender, implícitamente, que esa rutina del viaje y el trabajo desequilibran al individuo. En el caso de Hitchcock critica el avance de esa modernidad, de la que habla Stevie, que termina invadiendo espacios y áreas que no le son correspondidas.
El jovencito Spielberg alucinó con esto, pero repetir con los mismo elementos es plagio, o como le llaman ahora, "remake". Simplemente lo "actualizó", mantuvo el mismo mensaje, la misma esencia pero filtrándolo hacia la modernidad creciente. No es una ruptura en la forma, sí en la estética y en la "actualización" del mito. Realmente, Stevie no ha sido referente de nada. Porque en Tiburón, nuevamente, emplea Los Pájaros pero con más violencia. La imagen del Tiburón, la naturaleza más descarnada que atacan a los apacibles turistas de una playa (el choque del turismo como ocio de la nueva clase moderna y la playa como símbolo de la naturaleza, la misma invasión espacial que en Spielberg) lo que con Hitchcock se resuelve con paraguas, una rudimentaria hoguera, en Tiburón se necesitan explosiones y sofisticados armamentos, al igual que en el Diablo sobre ruedas surge el mensaje poético de que el hombre supera a la máquina cuándo se sirve de ésta para destruirla. Los Pájaros deja abierto que pueda volver acontecer, en El Diablo la sombra de la locura colectiva sobrevuela los títulos de crédito.
Y resulta grotesco que a un artista se le valore cuando su obra no es suya. Sí, le da personalidad, la personifica, la cosifica. Pero no le da originalidad ni creatividad. No es creada, es simplemente actualizada. La única creación que existe es la quitarle el contenido histórico y convertirlo en innovación, cambiar, no crear. No por ello es malo, pero si se le asocia a otra esfera. Claro que tiene mérito estar influenciada e intentar parecerte a tus maestros. E incluso llegar a su altura, pero eso, MAESTROS, los orígenes. Y ese es el problema, se olvida el orígen de las cosas. En la cultura de la fugacidad todo tiene que ser "ya" y "ahora". No hay consciencia de temporalidad o continuidad, todo surge, está y desaparece. Pero hay un pasado artístico ya creado, donde están las directrices y los orígenes qué interesa borrar. Si todo surge en el momento, sin influencia, es dotar al artista de una característica de gurú, de maestro en el momento. Si no hay referencias, entonces algo de lo qué no se tenía constancia y es bueno, es lo mejor. Es sencillo. El problema es que el acuerdo de que un producto es bueno, no surge objetivamente, si no que está mediado por intereses (en el cine taquilla, espectadores, el número, la cantidad).
El arte es producir, ofrecer esa expresión sin esperar nada a cambio, quién llega al mundo del arte esperando recibir algo no es un artista, es cualquier otra cosa. Lo dice E. Fromm, uno de los grandes pensadores del siglo XX. Algo de razón tiene que tener.
El Diablo sobre ruedas (1971) originalmente pensada para televisión, marca un hito en el cine moderno. Dennis Weaver es el protagonista que recorre América en coche, y que sin saber cómo ni porqué topa con un camión que lo persigue para fines no muy bondadosos. La película recrea una atmósfera claustrofóbica y tensa, donde la desesperación por el heroe crece y crece a lo largo del metraje. Lo inexplicable de la persecución atemoriza, así como el final, que lejos de acabar algo arroja una sensación de intranquilidad y adrenalina disparada.
Se le cataloga por ciertos círculos como obra maestra. Pero veamos. Allá por 1963 en un apacible pueblecito, donde veranean los protagonistas, comienzan a sufrir ataques del reino animal, descontrolado y enloquecido. Son Los Pájaros, de Hitchcock, donde Tippi Hedren pone el primer peldaño de lo que será el cine de alaridos. ¿Porqué unas gaviotas? ¿porqué a la gente? ¿Porqué...? La misma atmósfera de terror e incertidumbre, ya la dibujó Hitchcock diez años antes. Con el simple recurso de la cámara y un ritmo pausado roto por los graznidos de las aves.
Creo que no hacen falta más comparaciones. En la época de Hitchcock éste emplea una naturaleza que se rebela, temor atávico de la sociedad, descontrolada e imprevisible, cóctel explosivo para la sociedad. Stevie hace lo mismo con la modernidad. Personifica el terror en un mastodóntico camión, símbolo del avance y libertad (entendida ésta como mayor número de posibilidades de desplazamiento en tiempo y espacio) puesto en manos de un desvíado. Dando a entender, implícitamente, que esa rutina del viaje y el trabajo desequilibran al individuo. En el caso de Hitchcock critica el avance de esa modernidad, de la que habla Stevie, que termina invadiendo espacios y áreas que no le son correspondidas.
El jovencito Spielberg alucinó con esto, pero repetir con los mismo elementos es plagio, o como le llaman ahora, "remake". Simplemente lo "actualizó", mantuvo el mismo mensaje, la misma esencia pero filtrándolo hacia la modernidad creciente. No es una ruptura en la forma, sí en la estética y en la "actualización" del mito. Realmente, Stevie no ha sido referente de nada. Porque en Tiburón, nuevamente, emplea Los Pájaros pero con más violencia. La imagen del Tiburón, la naturaleza más descarnada que atacan a los apacibles turistas de una playa (el choque del turismo como ocio de la nueva clase moderna y la playa como símbolo de la naturaleza, la misma invasión espacial que en Spielberg) lo que con Hitchcock se resuelve con paraguas, una rudimentaria hoguera, en Tiburón se necesitan explosiones y sofisticados armamentos, al igual que en el Diablo sobre ruedas surge el mensaje poético de que el hombre supera a la máquina cuándo se sirve de ésta para destruirla. Los Pájaros deja abierto que pueda volver acontecer, en El Diablo la sombra de la locura colectiva sobrevuela los títulos de crédito.
Y resulta grotesco que a un artista se le valore cuando su obra no es suya. Sí, le da personalidad, la personifica, la cosifica. Pero no le da originalidad ni creatividad. No es creada, es simplemente actualizada. La única creación que existe es la quitarle el contenido histórico y convertirlo en innovación, cambiar, no crear. No por ello es malo, pero si se le asocia a otra esfera. Claro que tiene mérito estar influenciada e intentar parecerte a tus maestros. E incluso llegar a su altura, pero eso, MAESTROS, los orígenes. Y ese es el problema, se olvida el orígen de las cosas. En la cultura de la fugacidad todo tiene que ser "ya" y "ahora". No hay consciencia de temporalidad o continuidad, todo surge, está y desaparece. Pero hay un pasado artístico ya creado, donde están las directrices y los orígenes qué interesa borrar. Si todo surge en el momento, sin influencia, es dotar al artista de una característica de gurú, de maestro en el momento. Si no hay referencias, entonces algo de lo qué no se tenía constancia y es bueno, es lo mejor. Es sencillo. El problema es que el acuerdo de que un producto es bueno, no surge objetivamente, si no que está mediado por intereses (en el cine taquilla, espectadores, el número, la cantidad).
El arte es producir, ofrecer esa expresión sin esperar nada a cambio, quién llega al mundo del arte esperando recibir algo no es un artista, es cualquier otra cosa. Lo dice E. Fromm, uno de los grandes pensadores del siglo XX. Algo de razón tiene que tener.
sábado, 14 de julio de 2007
Papá y mamá tenían un hijo muy robusto, era como le llamaban las amistades para no herir sensibilidades. El niño, consciente de su cuerpo, tenía por naturaleza lo que en ocasiones le negaba la inteligencia. ¡No pegues¡, le decía su madre en el parque. Pareció escarmentar aquel día que cogido por una mano y zarandeado insistintemente con la otra, dejó de abusar de los demás niños para ser quién mandaba en el columpio...
El colegio hace madurar, pero también que se aprenda a leer, escribir y querer ser algo, o nada, pero con conocimiento de causa. AL principio los colores y dibujos de los libros le llamaban la atención, igual que los vestidos de las niñas. Luego las figuras, cuadrados, rombos, trapecios, y círculos. El cículo se repitió muchas veces en sus exámenes. Pero llegó al instituto. Allí, cansado de aquella barriga y aquella cara de pan, decidió apuntarse al gimnasio del barrio. Ya nunca dedicó mucho tiempo a los estudios, y ahora que su cuerpo se transformaba le fascinaba. La atracción que aquellos músculos enormes ejercían sobre él era tan fuerte que no podía resistirla, y los años pasaron entre pesas, proteínas y alguna que otra juerga.
Algo tenía que hacer con su vida, muchos de sus amigos trabajaban, y había algunos, a los qué no veía hace tiempo, que se habían labrado un buen futuro gracias a sus expedientes y posteriores carreras. Otros igual, desde aquellos FP que a él le parecían tan aburridos y para niñatos. Se sentía orgulloso de siempre comprar las camisas más grandes, de mirar con desdén a aquellos que no eran como él, de ir a la última cuando nunca fue el primero. Era el portero de la discoteca de moda. 60 euros la noche hacían más del sueldo base, más alguna que otra chapuza para salir del paso, le permitían vivir si no comodamente, si al día. Mujeres, respeto, autoridad... no le podía pedir más a la vida, porque mucho más no había aprendido.
Esa noche, no había mucha gente, una de esas en las que hay que cumplir porque te pagan un sueldo. A la entrada, dos chicos, normales, como cualquiera que pueda pasear por la calle. Riendo y disfrutando de lo que, a buen seguro, era una borrachera. Sin faltar al respeto, solo riendo y hablando. No le gustaban aquellos aires de despreocupados, aquella sonrisa de ingenuidad que desprendían. Los miró de arriba abajo y decidió que aquella camiseta no le gustaba, y que no entraban. No daban crédito. Habían oido hablar de ello, pero nunca lo habían vivido. Intentaron hablar, dialogaron, sin levantar la voz, simplemente mostrando la impotencia de no poder acabar una noche bebiendo la última, la única noche que tenían para verse puesto que el trabajo y los horizontes, separan.
Le dió igual. Con una media sonrisa y un empujón, les callaba. El era el rey, como en el parque pero de mayor, mientras les decía "No" por la otra puerta pasaban chicas a las que usurpaba un beso por su condición de rey, ellas esclavas. Le seguían hablando, pero él sólo gesticulaba hacia ellas, en un ademán desairado, lo que en un principio fue un suave empujón se acabo convirtiendo en una cara estrellada contra el suelo, una camiseta ensangrentada y un grado de inconsciencia total. "me insultó".
"No entiendo porque no nos dejas pasar, no somos diferentes a nadie, simplemente queremos seguir divirtiéndonos un poco más. A ver... y ¿Si fueras tú? ¿Te gustaría que por llevar ese traje no te dejara entrar porque..." No pudo acabar la frase porque al instante estaba en el suelo, la bofetada sonó a ira y rabia, a ignorancia, a una inferioridad tan grande que lo dejó tumbado en el suelo.
De pie, seguía mirando con su media sonrisa lo que había hecho. Pero a veces, no siempre eres el rey. No sólamente eran dos amigos, si no que eran hermanos. Uno, trabajaba en la Universidad de Bilbao, e iba tener que estar de baja, el otro, el más inocente, fascinado desde niño por Bruce Lee era profesor de Tae-Kwon-Do en un gimnasio de élite de la ciudad.
Le dolía todo el cuerpo, nadie le ayudaba, sólo sus amigas lo miraban y entre histéricas y drogadas intentaban marcar tres números en el móvil, los de la ambulancia. Y él, arrastrándose, con algo que en algún momento fue un traje, recogía,uno a uno, los dientes que había en el suelo...
El colegio hace madurar, pero también que se aprenda a leer, escribir y querer ser algo, o nada, pero con conocimiento de causa. AL principio los colores y dibujos de los libros le llamaban la atención, igual que los vestidos de las niñas. Luego las figuras, cuadrados, rombos, trapecios, y círculos. El cículo se repitió muchas veces en sus exámenes. Pero llegó al instituto. Allí, cansado de aquella barriga y aquella cara de pan, decidió apuntarse al gimnasio del barrio. Ya nunca dedicó mucho tiempo a los estudios, y ahora que su cuerpo se transformaba le fascinaba. La atracción que aquellos músculos enormes ejercían sobre él era tan fuerte que no podía resistirla, y los años pasaron entre pesas, proteínas y alguna que otra juerga.
Algo tenía que hacer con su vida, muchos de sus amigos trabajaban, y había algunos, a los qué no veía hace tiempo, que se habían labrado un buen futuro gracias a sus expedientes y posteriores carreras. Otros igual, desde aquellos FP que a él le parecían tan aburridos y para niñatos. Se sentía orgulloso de siempre comprar las camisas más grandes, de mirar con desdén a aquellos que no eran como él, de ir a la última cuando nunca fue el primero. Era el portero de la discoteca de moda. 60 euros la noche hacían más del sueldo base, más alguna que otra chapuza para salir del paso, le permitían vivir si no comodamente, si al día. Mujeres, respeto, autoridad... no le podía pedir más a la vida, porque mucho más no había aprendido.
Esa noche, no había mucha gente, una de esas en las que hay que cumplir porque te pagan un sueldo. A la entrada, dos chicos, normales, como cualquiera que pueda pasear por la calle. Riendo y disfrutando de lo que, a buen seguro, era una borrachera. Sin faltar al respeto, solo riendo y hablando. No le gustaban aquellos aires de despreocupados, aquella sonrisa de ingenuidad que desprendían. Los miró de arriba abajo y decidió que aquella camiseta no le gustaba, y que no entraban. No daban crédito. Habían oido hablar de ello, pero nunca lo habían vivido. Intentaron hablar, dialogaron, sin levantar la voz, simplemente mostrando la impotencia de no poder acabar una noche bebiendo la última, la única noche que tenían para verse puesto que el trabajo y los horizontes, separan.
Le dió igual. Con una media sonrisa y un empujón, les callaba. El era el rey, como en el parque pero de mayor, mientras les decía "No" por la otra puerta pasaban chicas a las que usurpaba un beso por su condición de rey, ellas esclavas. Le seguían hablando, pero él sólo gesticulaba hacia ellas, en un ademán desairado, lo que en un principio fue un suave empujón se acabo convirtiendo en una cara estrellada contra el suelo, una camiseta ensangrentada y un grado de inconsciencia total. "me insultó".
"No entiendo porque no nos dejas pasar, no somos diferentes a nadie, simplemente queremos seguir divirtiéndonos un poco más. A ver... y ¿Si fueras tú? ¿Te gustaría que por llevar ese traje no te dejara entrar porque..." No pudo acabar la frase porque al instante estaba en el suelo, la bofetada sonó a ira y rabia, a ignorancia, a una inferioridad tan grande que lo dejó tumbado en el suelo.
De pie, seguía mirando con su media sonrisa lo que había hecho. Pero a veces, no siempre eres el rey. No sólamente eran dos amigos, si no que eran hermanos. Uno, trabajaba en la Universidad de Bilbao, e iba tener que estar de baja, el otro, el más inocente, fascinado desde niño por Bruce Lee era profesor de Tae-Kwon-Do en un gimnasio de élite de la ciudad.
Le dolía todo el cuerpo, nadie le ayudaba, sólo sus amigas lo miraban y entre histéricas y drogadas intentaban marcar tres números en el móvil, los de la ambulancia. Y él, arrastrándose, con algo que en algún momento fue un traje, recogía,uno a uno, los dientes que había en el suelo...
domingo, 8 de julio de 2007
SOBRE EL CIVISMO
En una sociedad donde los valores fueran fuertes y bien inculcados, no se necesitaría vigilancia ni violencia. La simple coacción del medio sería suficiente para mantener el orden y la armonía.
Los valores se inculcan desde su valía en la tradición y la historia. No hay ningún valor o norma que se legitime en el presente, para serlo necesita un pasado que se divide en tradición y ruptura. La tradición atiende a esas costumbres que se encuentran en el seno de una sociedad o comunidad para ordenar distintos campos de la vida, las mismas se sitúan por encima del individuo, este no las cambia según su evolución si no que evoluciona con ellas, si es que éstas evolucionan. De la misma manera que materse es irracional, las normas son interiorizadas a través de la educación y la tradición. Esta tradición es un conjunto de tiempo donde la misma norma ha ido variando pero siempre manteniendo el mismo fondo y significado. La ruptura se refiere al cambio de paradigma, una norma tenida por central puede perder su cualidad en el momento que una nueva surge y la desplaza, pero NO POR SU CARACTERÍSTICA DE NOVEDOSA, si no por SU CARÁCTER DE MEJORA, es decir, los cambios que producen desarrollo sólo lo producen cuando se mejora en todos los ámbitos, no cuando para avanzar un paso se devasta todo el medio para conseguir dicha meta.
La norma que bebe de la tradición y va mutando y mejorando a través de rupturas paradigmáticas, es la norma verdadera. El individuo no la puede moldear a sus propios intereses o microespacio, porque ésta no atiende a particularismos, si no a la conservación de la evolución y humanismo de la especie. Dicha norma es creada por todo el conjunto de la sociedad, dialogada,negociada (de diferentes maneras) e interiorizada. Mantiene el orden y la armonía. En una sociedad no individualista, donde el individuo desarrolle su potencial dentro de un conjunto estable, coordinado y armónico, los intereses individuales, no es que se subsuman, si no que confluyen en el interés común.
El individuo que atente contra una norma de convivencia básica, como por ejemplo en la actualidad el tema de la suciedad en las calles o de los botellones, debe ser reprimido por sus propios congéneres, porque estos participan de la armonía y funcionamiento de la sociedad. No se trataría de un abuso de autoridad, si no de educar en valores y respeto cívico. Eso es patrimonio de todas y cada una de las personas que componen la sociedad, no se trata de "... quién eres tú para decirme lo que..." si no "... quién eres tú para destrozar lo que no es tuyo..." es sencillo. No se trataría de matar, o castigar corporalmente.
En el caso del botellón sería tan fácil como ir a casa de todos y cada uno de los individuos, que con la excusa de la borrachera lo dejan todo echo una porquería, y llenarles la casa de inmundicia día tras día, restos orgánicos, vidrio, cartón, excrementos... porque ellos es lo que han echo en un parque, plaza o calle con sus orines, botellas medio vacías, bolsas, escupitajos... Si tú no colaboras con el medio que te acoge ¿porque te tiene que acoger ese medio? Lo puede hacer, pero siempre y cuando aceptes una convivencia, unas normas y pautas de respeto humanistas y universales. El YO no decide eso, porque el YO no existe si no hay antes un CONJUNTO del que pueda desligarse como individualidad.
Todo lo demás, es la libertad malentendida, la autosuficiencia que se convierte en mezquindad, egoísmo y estupidez humana. Y todo eso no es innato al ser humano, si no a las condiciones y factores que produce el medio que le rodea y él a ido creando. Entonces, ¿Hay que darle una oportunidad a la gente que ha hecho de la sociedad lo que ahora vemos? Una, sí, más ya no. No consiste en eliminarlos, si no en hacer dos distinciones básicas y naturales: los que quieren vivir en armonía y con un desarrollo humano, cívico y sostenido y los que son egos andantes poseídos por la cultura del relativismo individualista, los que no piensan y malinterpretan el carpe diem, a esos sólo habría que dejarlos viviendo en su propio entorno, pero que por favor, no molestasen a los que son mejores seres humanos que ellos...
Los valores se inculcan desde su valía en la tradición y la historia. No hay ningún valor o norma que se legitime en el presente, para serlo necesita un pasado que se divide en tradición y ruptura. La tradición atiende a esas costumbres que se encuentran en el seno de una sociedad o comunidad para ordenar distintos campos de la vida, las mismas se sitúan por encima del individuo, este no las cambia según su evolución si no que evoluciona con ellas, si es que éstas evolucionan. De la misma manera que materse es irracional, las normas son interiorizadas a través de la educación y la tradición. Esta tradición es un conjunto de tiempo donde la misma norma ha ido variando pero siempre manteniendo el mismo fondo y significado. La ruptura se refiere al cambio de paradigma, una norma tenida por central puede perder su cualidad en el momento que una nueva surge y la desplaza, pero NO POR SU CARACTERÍSTICA DE NOVEDOSA, si no por SU CARÁCTER DE MEJORA, es decir, los cambios que producen desarrollo sólo lo producen cuando se mejora en todos los ámbitos, no cuando para avanzar un paso se devasta todo el medio para conseguir dicha meta.
La norma que bebe de la tradición y va mutando y mejorando a través de rupturas paradigmáticas, es la norma verdadera. El individuo no la puede moldear a sus propios intereses o microespacio, porque ésta no atiende a particularismos, si no a la conservación de la evolución y humanismo de la especie. Dicha norma es creada por todo el conjunto de la sociedad, dialogada,negociada (de diferentes maneras) e interiorizada. Mantiene el orden y la armonía. En una sociedad no individualista, donde el individuo desarrolle su potencial dentro de un conjunto estable, coordinado y armónico, los intereses individuales, no es que se subsuman, si no que confluyen en el interés común.
El individuo que atente contra una norma de convivencia básica, como por ejemplo en la actualidad el tema de la suciedad en las calles o de los botellones, debe ser reprimido por sus propios congéneres, porque estos participan de la armonía y funcionamiento de la sociedad. No se trataría de un abuso de autoridad, si no de educar en valores y respeto cívico. Eso es patrimonio de todas y cada una de las personas que componen la sociedad, no se trata de "... quién eres tú para decirme lo que..." si no "... quién eres tú para destrozar lo que no es tuyo..." es sencillo. No se trataría de matar, o castigar corporalmente.
En el caso del botellón sería tan fácil como ir a casa de todos y cada uno de los individuos, que con la excusa de la borrachera lo dejan todo echo una porquería, y llenarles la casa de inmundicia día tras día, restos orgánicos, vidrio, cartón, excrementos... porque ellos es lo que han echo en un parque, plaza o calle con sus orines, botellas medio vacías, bolsas, escupitajos... Si tú no colaboras con el medio que te acoge ¿porque te tiene que acoger ese medio? Lo puede hacer, pero siempre y cuando aceptes una convivencia, unas normas y pautas de respeto humanistas y universales. El YO no decide eso, porque el YO no existe si no hay antes un CONJUNTO del que pueda desligarse como individualidad.
Todo lo demás, es la libertad malentendida, la autosuficiencia que se convierte en mezquindad, egoísmo y estupidez humana. Y todo eso no es innato al ser humano, si no a las condiciones y factores que produce el medio que le rodea y él a ido creando. Entonces, ¿Hay que darle una oportunidad a la gente que ha hecho de la sociedad lo que ahora vemos? Una, sí, más ya no. No consiste en eliminarlos, si no en hacer dos distinciones básicas y naturales: los que quieren vivir en armonía y con un desarrollo humano, cívico y sostenido y los que son egos andantes poseídos por la cultura del relativismo individualista, los que no piensan y malinterpretan el carpe diem, a esos sólo habría que dejarlos viviendo en su propio entorno, pero que por favor, no molestasen a los que son mejores seres humanos que ellos...
sábado, 7 de julio de 2007
martes, 3 de julio de 2007
La estupidez humana no tiene límites. Puede sonar fuerte, pero es así. Resulta que la opinión pública y publicada, anda con el ánimo levantado por el tema del atentado en Yemen. Suicidas, Al Qaeda, Españoles... vocablos, nuevamente, que se repiten hasta la saciedad. Pero lo curioso, es que hasta 48 horas después a alguién se le dió por decir que Yemen es uno de los 7 países desaconsejados por el Estado Español como lugar de "descanso".
¿Que hacían 7 turistas españoles en Yemen? Sí, visitar el templo de Saba, hacer safaris, rutas turísticas... ¿Es Yemen un sitio de giras turísticas? Resulta que este país es la cuna de nacimeinto de un tal Bin Laden, entonces, seguro que no tiene relación alguna con integristas, terrorismo y movimientos yihaidistas. Pero ahí había turistas. Es decir, como la percepción del riesgo se ha occidentalizado a través de una idea de seguridad que sólo se ve amenazada por casuística (accidentes urbanos y naturales, asesinatos o reyertas...) creemos que eso vale para todo el globo terráqueo. ¿Es el mismo riesgo el de las sociedades occidentales que las musulmanas? Pues evidentemente, no. En una cultura el simple hecho que una mujer tenga que llevar el hiyab para tapar su rostro o parte del mismo, ya ejemplifica lo que estamos hablando. Si en España no hay riesgo de encarcelamiento por vestir con mini falda, en otros países, como mínimo, se considera ofensa (dejemos al margen el argumento cultural). Bien, pues ahora, repito ¿Que pintaban siete turistas españoles en uno de los países más peligrosos del mundo? ¿Nos parecería extraño leer, "7 turistas españoles cosidos a tiros en una favela en Brazil", o " 7 turistas españoles heridos en Bagdag"? Pues no. Pues esto es lo mismo.
Y no puedo evitar sentir, en las noticias y opiniones, cierto tufillo de barbarie. Vamos, que los musulmanes son todos muy malos, muy malos, y los pobres turistas españoles pagan por un conflicto en el qué no tienen que ver. Esto es cierto, ya estriste no poder visitar un país por conflictos bélicos, pero señores, si sabiendo esto, nos saltamos todas las normas, una vez más, de preservación y conservación natural, sin existir unas mínimas medidas de seguridad (que si son mínimas ya no son seguras...) si nos saltamos todo eso ¿Que esperamos? ¿Que en Yemen, Líbano, Bagdag, Kingston, Cachemira... caigan flores del cielo?
Pues lo que habría que preguntarse primeramente, como ejercicio de crítica constructiva es que se le pasó a esas personas cuando cogieron sus billetes a Yemen. Hay mucha hipocresía en esta sociedad, y en vez de llamarle drama, habría que llamarle irresponsabilidad. Pero luce más venderlo como una guerra de primer y tercer mundo, de desalmados que atacan al buen occidental. Y sí, desalamados son, desde luego pero ¿A caso no lo es quién expone su vida y la de sus seres queridos en un viaje de ocio a un país desaconsejado por todos los estados del mundo? Y seguramente pensaría "que va, si eso es cosa del alarmismo de la prensa, allí es seguro, de verdad..." y tanto lo fue que ahora es noticia...
¿Que hacían 7 turistas españoles en Yemen? Sí, visitar el templo de Saba, hacer safaris, rutas turísticas... ¿Es Yemen un sitio de giras turísticas? Resulta que este país es la cuna de nacimeinto de un tal Bin Laden, entonces, seguro que no tiene relación alguna con integristas, terrorismo y movimientos yihaidistas. Pero ahí había turistas. Es decir, como la percepción del riesgo se ha occidentalizado a través de una idea de seguridad que sólo se ve amenazada por casuística (accidentes urbanos y naturales, asesinatos o reyertas...) creemos que eso vale para todo el globo terráqueo. ¿Es el mismo riesgo el de las sociedades occidentales que las musulmanas? Pues evidentemente, no. En una cultura el simple hecho que una mujer tenga que llevar el hiyab para tapar su rostro o parte del mismo, ya ejemplifica lo que estamos hablando. Si en España no hay riesgo de encarcelamiento por vestir con mini falda, en otros países, como mínimo, se considera ofensa (dejemos al margen el argumento cultural). Bien, pues ahora, repito ¿Que pintaban siete turistas españoles en uno de los países más peligrosos del mundo? ¿Nos parecería extraño leer, "7 turistas españoles cosidos a tiros en una favela en Brazil", o " 7 turistas españoles heridos en Bagdag"? Pues no. Pues esto es lo mismo.
Y no puedo evitar sentir, en las noticias y opiniones, cierto tufillo de barbarie. Vamos, que los musulmanes son todos muy malos, muy malos, y los pobres turistas españoles pagan por un conflicto en el qué no tienen que ver. Esto es cierto, ya estriste no poder visitar un país por conflictos bélicos, pero señores, si sabiendo esto, nos saltamos todas las normas, una vez más, de preservación y conservación natural, sin existir unas mínimas medidas de seguridad (que si son mínimas ya no son seguras...) si nos saltamos todo eso ¿Que esperamos? ¿Que en Yemen, Líbano, Bagdag, Kingston, Cachemira... caigan flores del cielo?
Pues lo que habría que preguntarse primeramente, como ejercicio de crítica constructiva es que se le pasó a esas personas cuando cogieron sus billetes a Yemen. Hay mucha hipocresía en esta sociedad, y en vez de llamarle drama, habría que llamarle irresponsabilidad. Pero luce más venderlo como una guerra de primer y tercer mundo, de desalmados que atacan al buen occidental. Y sí, desalamados son, desde luego pero ¿A caso no lo es quién expone su vida y la de sus seres queridos en un viaje de ocio a un país desaconsejado por todos los estados del mundo? Y seguramente pensaría "que va, si eso es cosa del alarmismo de la prensa, allí es seguro, de verdad..." y tanto lo fue que ahora es noticia...
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