Allí estaba. Su pelo lacio se movía al compás que marcaba el viento. Su figura, estática, dejaba entrever un movimiento de caderas frenético. Sus ojos eran como dos pompas de jabón sostenidas en el infinito. Y su boca parecía prometer aventuras interminables. Podría ser la mujer perfecta, aquel libro que sostenía gracilmente con una mano, no podía ser más que interés innato por la lectura y la vida. Por lo tanto, tendría que ser una persona alegre; una de esas que consigue sacarte una sonrisa todos los días. O que hace que no vuelvas a recordar nunca jamás a tus ex- o aventuras eventuales imposibles de repetir.
Su voz, al otro lado del móvil, sonaba cálida y seductora, como la de esas dobladoras de cine que convierten al putón más grande en una "femme fatale" de rompe y rasga.
Pero lo mejor, era su manera de vestir. Unos pantalones vaqueros entallados que dejaban asomar gracilmente una cintura digna de cualquier escultor griego. Un escote calculado que tapaba lo suficiente como para dejar volar la imaginación de quién esta enfrente. Esa armonía sólo podía ser de una persona fiel y extrovertida, una de esas con la que nunca te cansas de hablar y cada noche de sexo es una aventura diferente.
"No puede ser tan difícil, seguro que ninguno se acerca a ella por miedo al fracaso. A ver, camino, hago que me tropiezo , choco y le digo "oops, perdona, lo siento, ah, muy buena lectura..." empezamos hablar del libro y seguimos con la conversación en un café. Se nos hace tarde y cenamos juntos, porque hemos tenido química. La acompaño a su casa. Y me despido, no sin antes pedirle el número de teléfono. Un beso, en la mejilla ¡que clase¡. La llamo al día siguiente, quedamos y seguimos hablando. Así van pasando los días, nos besamos, nos acostamos, nos amamos, y después de tanto tiempo vuelvo a tener novia... entonces el metro anuncia la parada, ella se baja y yo me quedo, fue bonito mientras duró..."
martes, 11 de septiembre de 2007
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