lunes, 3 de septiembre de 2007

Ya no había nada que aquella maldita ciudad pudiera ofrecerle. Casi 20 años entre sus paredes de cristal y cemento. En algún momento habría matado por ella, ahora deseaba que la destruyeran. Las mismas calles que desprendieron vida eran ahora senderos de muerte. Aquellas caras y cuerpos de mujeres imposibles que levantaban el ánimo, producían una interminable arcada de asco y pena.

El amor de las parejas era superficial, una especie de "así debe ser..." que se convertía en la puerta hacia la aceptación de la masa. Los errores de un tiempo no cesaban en su persecución. A veces, en medio de la noche, pensaba en un nombre y deseaba machacarlo con sus propias manos hasta que dejara de respirar. Otras, veía una cara que le tranquilizaba y cuidaba por momentos, tan pequeños, que la sensación pronto se olvidaba.

Cada mañana comenzaba la balada del egocentrismo y la egolatría . Y lo peor no era vivirlo, si no, no poder gritar. Porque un día dijo "sí" sin saber lo que realmente le esperaba. A fuego quedó grabado: esclavo de tus palabras, libre de tus pensamientos.

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