sábado, 31 de marzo de 2007

"... deberías decir algo, o llorar, pero no quedarte con esa cara. A veces, la gente cuando habla dice cosas que no podía, y entonces llora y dice cosas que no es capaz de decir cuando habla. No sé si me entiendes..." Jean Pierre Jeunet, es un dibujante de las pequeñas cosas. Sorprendió a propios y extraños con esa pequeña joya que es Delicathessen, ese edificio donde suceden cosas sin explicación en un lugar sin determinar. Luego se sumergió en el mundo infantil, en la maltratada La Ciudad de los Niños Perdidos, el gran público le dió la espalda (lo que no significa nada) pero con el paso del tiempo, la película es un testimonio de la desesperanza y creencia en lo natural, en lo más básico y clave, no en la niñez, si no en la inocencia. Tras un intento comercial con Alien Resurrection, donde el estilo de Jeunet se deja notar a lo largo de toda la película, después de este semi fiasco, el director francés se tomó unos años de descanso, produciendo y desapareciendo de la escena cinéfila...

Y es entonces cuando rompe con esa maravilla que es Amélie, habrá quién la deteste o pueda que tilde de ñoña (a Capra le pasaba lo mismo). Que una película se haga en el inefable siglo XXI no significa que sea mala, y en este caso, se mantendrá en el tiempo. Lo sencillo, lo bonito, lo pequeño e iluso cobran forma de la mano de "la pequeña Amélie Poulain" un bonito regalo para la gente que piensa y siente con el corazón, y una bofetada para los ególatras y materialistas que no la pueden comprender. Con el gran público esperando una nueva hazaña del intrépido francés, éste, en el 2004 vuelve con Largo Domingo de Noviazgo, una película complicada de recordar por su nombre... Mentira, se recuerda por su intensidad, por lo sencilla y preciosa que resulta cada toma, cada diálogo, cada lágrima que nos acaricia la cara. Audrey Tatou vuelve a emocionar y transmitir una calidez casi desaparecida por las calles de nuestras vidas. ¿Alguién menciona alguna de estas películas en sus charlas cinéfilas? No. Imbuídos en críticas Godardianas, vanguardistas y estilistas, dejamos atrás lo más evidente.

Ahora, en estos tiempos, se vende estilo; mediocre, mediocre. Ya no se cuentan historias, ni se retratan a personas, cosas mundanas pero bien contadas. Ya no. Se habla de la fotogrofía, de como están filmadas, de efectos narrativos estúpidos y ridículos que copan a los aficionados de cinemanías y fotogramas (que gran triunfo abandonar ese mundo...) y así nos va. El cine, es arte, y como tal no puede ser percibido por todo el mundo. Igual que se valora el arte postmoderno con una eficiencia avergonzante, el cine se ve atacado por lo mismo. Los que valoran dicho arte, no comprenden el porqué Rubens pintaba, o Rembrandt se desgarraba, o Miguel Angel dejó una capilla, tampoco entienden el pulso de David Lean, o al Lynch mas cercano (no al rayado) ni a Kazan, ni a Willer, ni a Curtiz... les sonarán, pero no los comprenden. Por eso, sigo buscando, o mejor dicho, a la espera de una mujer a la que no le suene el móvil en el cine, que se ponga nerviosa y tiemble de emoción con escenas verdaderas. A una que haya vivido un verano entero pegada a Michael Hollobecq, o a Bukowski, Süskind, Kennedy toole, Hesse, e incluso, ya sí hay suerte, que se quede paralizada oyendo a Young, Beatles, Dylan, Drake, Buckley, Motown, Tyson, Gary Davis... tantos y tantos. Y será entonces, cuando la primavera traiga una suave y leve brisa que me acaricie la cara sentado en un banco de algún parque de una ciudad perdida, y enfrente de ella, y de esos ojos que tanto añoré y recuerdo, me transporten a algo tan bonito "... y entonces, Matil, sentada enfrente de él, y con las manos en su regazo, le miró, y le miró, y le miró..."

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