martes, 26 de junio de 2007

DEL DOLOR EN LA TELEVISIÓN

Ocurrió ayer que un convoy de tropas españolas en el Líbano voló por los aires tras la explosión de una bomba. Hipótesis, como siempre, no faltaron. Se recuerdan imágenes del conflicto israelí, se dan los nombres de los muertos, la palabra "España" o "español" es utilizada en una de cada cuatro palabras... Podríamos decir que los problemas sólo son problemas cuando tocan de cerca, algo ya sabido, por otra parte.

La Televisión convierte en imagen aquello que nosotros elaboramos con nuestro pensamiento. Esa imagen se universaliza, de ella participan todas las personas que sintonizan una u otra cadena en algún momento. Se establece un vínculo social a través de la virtualidad de las imágenes, puesto que lo real sólo es momentáneo. La imagen vincula a personas de diferentes sitios. En este caso, el lugar es el Líbano, lejano. Pero el agente de la acción es español, cercano. Se entremezclan dos dimensiones, la lejana en lo geográfica y la cercana en lo emotivo-personal. La primera es evidente, y la segunda radica en ese componente de identificación personal. Lo nacional como propio. La percepción del riesgo como cercana ¿Cómo se logra esto? Con la transmisión de las imágenes de los funerales. El hecho de ver caras desencajadas, llantos, gritos... recuerda que la muerte está ahí, en cualquier momento. Pero a la vez la dota de causalidad, "como yo no tengo gente en el ejército, no me va a pasar. Pero el drama es muy grande..." se transmite una muerte ligada a una enorme casuística: un conflicto, un lugar sin transitar, un camino determinado que no otro... y le hace perder ese halo de temeridad, sin embargo recobra al ver el dolor en la cara ajena.

No es necesario mostrar el dolor, es gratuito. Todos sabemos lo que se siente al perder a un ser querido, y más aún siendo un hijo, por la sencilla razón que no pertenece a la ley natural que los padres entierren a sus hijos, si no al revés. Pero el componente dramático, humano es necesario para llamar la atención. De la misma manera que las cifras de soldados muertos en IRak pasan desapercibidas, si las dotamos de fastuosos funerales americanos, con las víctimas rotas y los cañones disparando al acorde de las notas del himno, el impacto es mucho mayor. Por lo tanto, el dotar de componente humano a la muerte le da mayor dramatismo. Entonces ¿en que punto de la evolución nos hayamos? ¿Cuándo fue necesario ver el dolor ajeno insistentemente para concienciarse? Y si no es así ¿Que clase de humanidad es aquella que busca la carnaza en el dolor ajeno, que ve como un medio de distracción el dolor de otros? ¿Que clase de comunalidad surge del dolor individual convertido en martirio universal? La que se siente, no la que está. Decía Noelle-Neumann que los olvidados por la televisión son víctimas en una doble dimensión, por un lado en su concepción de olvidados, y por otro, que nadie tiene conciencia de su existencia al no tener cobertura en medio alguno.

Pues si para saber que el mundo está en guerra por las decisiones unilaterales de Estados faraónicos alejados de sí mismos, si para tomar conciencia de que un día morimos tenemos que presenciar los funerales, gritos y dolor ajenos en televisión, sí sólo se nos revuelve el estómago con imágenes impactantes, con lo bobalicón de lo mediático. Si en esto nos hemos convertido, es mejor apagar la televisión y volver a empezar ya no de nuevo, si no desde cero...

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